martes, 15 de enero de 2008

Los radicales y la roja


El instinto gregario imperante en nuestra cabaña nacional de periodistas, hace que cuando alguno de ellos tiene una ocurrencia que considera feliz para designar cualquier cosa, sus congéneres le imiten, dando por sentado que, con el nuevo vocablo, están a la última.
Especialmente regocijante es esta costumbre en el gremio de los periodistas deportivos. Es obligado, desde cierto código no escrito de la ortodoxia, decir “el cuero” en lugar del balón, el “entreno” en lugar del entrenamiento y otras paridas similares. Al parecer, pretenden crear una jerga propia a imagen y semejanza de sus hermanos mayores de pesebre y la monótona jerga políticamente correcta de perífrasis, neologismos y eufemismos: “ciudadanos y ciudadanas” o “la ciudadanía” en lugar de los españoles, “Estepaís”, “el conjunto del Estado”, o, los más guarretes, “Estado español” en lugar de España, “gay” por maricón, “subsahariano” por negro o “radical” por proetarra. Esto último induce frecuentemente a confusión. Por ejemplo, en los anuncios de ciertos cosméticos para evitar el envejecimiento que “combaten los radicales libres”. Uno no sabe si está ante una crema patriótica que contribuye a encarcelar batasunos o un potingue para las arrugas.
Igual de ambigua es la costumbre de llamar a la Selección Nacional de Fútbol “la roja”, no se sabe si por halagar a la piara progre o por simple esnobismo paleto. Cuando un comentarista deportivo anuncia que “la roja está fuerte en defensa”, no puedo evitar imaginarme a la Vicepresidenta del Gobierno con un casco (del ejército cubano, por supuesto) tras un parapeto de sacos terreros. Cuando dicen que “la roja ha quedado afectada tras el penalti”, es imposible no evocar la desagradable imagen de María Antonia Iglesias embarazada. Esta imagen puede rozar lo espeluznante si lo que anuncian es que “la roja no ha podido evitar la penetración del delantero”.