viernes, 26 de diciembre de 2008

Navidades sangrientas.

En estas fechas tan señaladas, los anuncios publicitarios se tiñen de una santurronería ñoña que, a veces, está a punto de convencernos de cosas tan peregrinas como que los banqueros son, en realidad, buenas personas (con la música adecuada y el enfoque oportuno, los publicistas son capaces de hacernos creer que incluso Jack el Destripador, en el fondo, no era tan malo) o de que con esa colonia del anuncio en francés, hasta Mª Antonia Iglesias puede tener un revolcón.
Incluso el prescindible discurso navideño del prescindible monarca tiene ese aire de buena intención que hace que, por un momento, uno tenga la pasajera sensación de que España es un país serio y de que la democracia parlamentaria, en lugar de un patio de Monipodio y una merienda de negros donde medra lo peor de cada casa, es, en realidad, algo razonable y hasta bueno.
Este estado de hipnosis o gilipollez generalizada se quiebra de pronto con noticias como la del yanqui que, disfrazado de Papá Noel, mató a ocho paisanos y después incendió la casa antes de suicidarse. La imagen del obeso icono consumista rociando de gasolina los cadáveres de sus víctimas, tiene algo de símbolo en el paraíso artificial de las Navidades políticamente correctas del capitalismo. Es inevitable imaginarlo emitiendo ese estúpido "Ho, Ho, Ho.." que le caracteriza mientras enciende el Zippo.
Hablando de asesinos, mientras escribo estas líneas parece que Israel se prepara para su enésima operación de escarmiento contra la franja de Gaza. Presumiblemente, el Estado del Pueblo Elegido masacrará una porción adecuada de población civil, arrasará algún campo de refugiados y después recibirá las felicitaciones de su primo gringo de Zumosol por combatir tan eficazmente el terrorismo. Nada nuevo.
Aunque por supuesto, los telediarios, para no herir la ovina sensibilidad de sus espectadores, no abrirán al día siguiente con la imagen de un niño palestino destripado por los bombardeos israelíes, sino con alguna chorrada propia de estas Fiestas, como algún imbécil haciendo submarinismo disfrazado de Papá Noel o algo por el estilo.
En este circo siniestro, el espectáculo debe continuar.