jueves, 23 de abril de 2009

El emigrante.


Conversación oída en una peluquería barcelonesa.

- Pues sí, hija, la cabezonería de este chico... Mira que su mujer tiene una buena colocación aquí en Barcelona. Pero él, nada, que a Guosinton, que a Guosinton, que si es una oportunidad, que si allí estarán mejor, que si son seis bocas que alimentar...
- ¿Y ya tienen el visado ése y todo?
- Ya te digo. ¿No ves que su suegro tiene muchas amistades? Aunque parezca un poco lelo, no te creas, que influencia tiene un rato.
- ¿Y la mujer qué dice?
- ¿Ésa? Feliz de la vida. Después de haber parido cuatro veces, lo que quiere es descansar. Y no es que esté fregando escaleras ¿eh?, que el puesto que tiene es muy bueno y sus jefes la quieren mucho.
- Pero la cogieron porque la enchufó el padre. Vamos, eso dicen.
- Envidia. Que la gente es muy envidiosa, te lo digo yo. Es igual que los que dicen que el trabajo éste de Guosinton es por ser quien es. No te digo yo que el suegro no le haya echado una mano, pero el chaval es muy espabilado, las cosas como son. Ah, y de joven era un deportista de élite, no te creas.
- Pero, ¿eso qué tiene que ver con lo de los teléfonos?
-Hija, yo que sé. Para vender teléfonos tampoco habrá que irse a estudiar a Salamanca, vamos, digo yo. Yo creo que , al final, van a pedir el reagrupamiento familiar ése y se van a llevar a toda la parentela, suegros incluidos.
- Hija, Dios te oiga. Al fin y al cabo, sería un ahorro.
- Ya te digo...