jueves, 29 de octubre de 2009

Escarmiento, escarnio y ensañamiento: la nueva inquisición.


Ya es habitual que, ante noticias sobre delitos, se oculte la identidad de los presuntos delincuentes tras unas siglas. Y eso aunque el tipo en cuestión sea un peligroso pederasta o un violador confeso. Presunción de inocencia, derecho al honor... ya saben. También es usual la imagen de policías y guardias civiles embozados con pasamontañas cuando actúan contra el terrorismo separatista. Lógica precaución, sobre todo en aquellas regiones como Vascongadas donde los criminales suelen campar por sus respetos. Y sin embargo...
Hace poco, veíamos el caprino rostro de Rubalcaba en una rueda de prensa dando cuenta de la desarticulación de un peligrosísimo grupo terrorista de (¡oh, cielos!) ultraderecha. Al parecer, el hipotético grupo había provocado el pánico entre los etarras y sus parientes por haber realizado unas pintadas donde no se alababa precisamente al separatismo vasco. Ante la monumental alarma social, se había procedido a la detención inmediata de los peligrosos activistas del spray de pintura. Naturalmente, se les ha aplicado la ley con toda dureza. Si hubieran sido batasunos con un cargamento de explosivos, posiblemente todo hubiera quedado en una sanción administrativa, pero patriotas españoles y con spray de pintura, está claro: al trullo sin pensarlo. Faltaría más. Hasta ahí todo normal.
Lo llamativo ha sido la prisa que se ha dado toda la prensa pesebrera en publicar con todo detalle los nombres, domicilios particulares y ocupaciones de los detenidos. Para que el llamado "entorno aberchale" (los hijos de puta etarras, vamos) no tenga ninguna duda sobre dónde buscar a sus próximas víctimas. Al parecer, la preocupación por la presunción de inocencia o la elemental protección de la seguridad, intimidad y derecho al honor sólo rige para narcotraficantes, asesinos, violadores y "borrocas". Cuando el enjuiciado es un patriota español, los criterios son otros. Qué se habrán creído estos fachas.
Otro ejemplo de esta doble vara de medir lo tenemos en los libreros catalanes recientemente condenados a varios años de cárcel por el terrible delito de publicar libros no gratos al sanedrín políticamente correcto. O en la sanción económica al Presidente del Frente Nacional por osar manifestarse en Pamplona contra el separatismo. Curiosamente, la horda batasuna que provocó graves incidentes en la contramanifestación ilegal no ha sido molestada por los jueces.
Estas hijoputescas actuaciones con las que nos obsequia periódicamente el aparato represor del régimen partitocrático obedecen a una doble motivación:
Por un lado, se trata de distraer la atención del personal sobre los problemas reales de España. Mientras la gente está distraída con el caso del malvado nazi al que le han sido incautadas unas maquetas de la Segunda Guerra Mundial, o con el peligroso facha que se ha atrevido a hacer frente a la mafia batasuna, no piensa en la crisis económica, en la invasión inmigrante (otro tabú) o en la corrupción generalizada de la casta política.
El segundo y, sin duda, principal motivo de estos montajes represores, es dejar clara la voluntad de la cleptocracia parlamentaria de perseguir con ensañamiento a cualquiera que ponga en cuestión la farsa subvencionada en la que han convertido a la política española. Estas actuaciones sectarias y arbitrarias no son sino un escarmiento y un aviso. No vaya a ser que la gente, harta de que los políticos profesionales le tomen el pelo y la cartera, empiece a pensar por sí misma y se acabe el chollo.