jueves, 12 de noviembre de 2009

La dictadura silenciosa.


Es ya una verdad universalmente aceptada la de que, gracias a los numerosos enjuagues, consensos y bajadas de pantalones de la Santa Transición, los españoles disfrutamos de una libertad sin precedentes en nuestra ajetreada Historia.
Vamos a ver: aparte de la consabida y manipulable "libertad" de depositar cada cuatro años un papelito en una urna para elegir entre la Coca y la Pepsi, uno tiene la sospecha de que el resto de libertades son poco más que declaraciones teóricas para mantener en pie el chiringuito.
Así, se supone que existe la libertad de expresión. Salvo cuando se expresan opiniones contrarias al sanedrín políticamente correcto. Que se lo pregunten a los libreros catalanes condenados a varios años de cárcel por publicar libros no gratos a la inquisición judeoprogre.
También hay libertad de reunión. Salvo cuando en esa reunión o manifestación se protesta contra el terrorismo separatista y se falta al respeto a algún criminal etarra. De esto puede dar fe el Presidente del Frente Nacional, condenado a pagar una multa por manifestarse legalmente en Pamplona contra el separatismo vasco e "insultar" a Otegui. O los navarros encarcelados por haber osado hacer pintadas en el domicilio de algún terrorista.
Se supone que los españoles disfrutamos de libertad de desplazamiento y de derecho a la intimidad. Eso sí, el poder puede controlarnos a través de Sitel, Echelon y demás, y saber en todo momento dónde estamos, con quién hablamos y lo que decimos.
Este control llega a extremos grotescos como cuando algunos ayuntamientos hurgan en nuestra basura para multarnos si no hemos reciclado correctamente los desperdicios. Si se descubre una pelusilla de ombligo en el contenedor de las uñas de los pies, se estará rozando el delito ecológico.
Ni que decir tiene que internet empieza a tener sus días contados como tribuna libre. Ya es habitual que algunas redes sociales supriman determinadas páginas o perfiles si el inquisidor progre de turno estima que son "racistas" o "xenófobas" (socorridos conceptos para censurar las opiniones políticamente incómodas).
Ante este panorama, cuando oímos al típico garrulo bienpensante, pepero o sociata, alabar las bondades de nuestro maravilloso "régimen de libertades" es inevitable preguntarse si nos está tomando por gilipollas.