sábado, 5 de diciembre de 2009

La Constitución, ese cadáver.

Hay frases tan previsibles y manidas que acaban convirtiéndose en tópicos cansinos. Uno de los ejemplos más gráficos de esto suele ser la rueda de prensa antes o después de un partido de fútbol: Frases como "el fútbol es así" ,"son once contra once", "hasta el último minuto no acaba el partido" y perlas similares suelen salpicar las declaraciones de jugadores y técnicos, conformando un diálogo de besugos ritualizado entre deportistas y periodistas.
El otro ejemplo de vacuidades y coletillas vacías es la profusión de declaraciones inanes por parte de los políticos profesionales, sindicalistas de subvención, periodistas lamelibranquios y demás fauna el Día de la Constitución. Aquí los tópicos suelen ser de esta especie: "la Constitución que todos los españoles nos hemos dado", "el Rey de todos los españoles" y sandeces similares.
Si el declarante percibe algún tipo de sueldo, subvención o prebenda del erario, suele hablar de "ciudadanos"o, los más cursis y progres, nuevos ricos sociatas o peperos complacientes, de "ciudadanos y ciudadanas". Personalmente, esto de ciudadano siempre me ha traído ecos de guillotina y sans culottes. A veces parece que el orondo y bienpensante alcalde de pueblo vaya a terminar dedicándole un saludo al ciudadano Robespierre.
A la mortecina vulgaridad de las constitucionales glosas, se une el resto de celebraciones a medio camino entre lo hipócrita, lo paleto y lo demagogo. Visitas de jubilados a los "templos de la democracia" en unas jornadas de puertas abiertas dónde, por un día, los estafados pueden contemplar los sillones en los que sestean sus estafadores. Niños repipis leyendo los artículos del texto en cuestión como si estuvieran leyendo la verdad revelada por unos sacralizados "padres de la Constitución". Porque, eso sí, la Constitución, al igual que la mayoría de sus artífices y beneficiarios, es hija de muchos padres.
Si un extraterrestre aterrizara en alguno de estos cenáculos y sanedrines democráticos, podría llegar a pensar que la Constitución de 1978 es una especie de texto sagrado elaborado por unos honrados sabios para garantizar la perpetua prosperidad y buen gobierno de los españoles.
El problema surgiría al intentar explicar al celestial visitante la forma en que la sacrosanta Constitución garantiza cada uno de los derechos en ella consagrados. Explicarle, por ejemplo, cómo encaja la defensa del derecho a la vida con leyes como la del aborto o la eutanasia.
O la defensa de la integridad territorial con el constante cortejo de sociatas y peperos a los partidos separatistas en una actitud que, en una república bien organizada, constitutiría un delito de alta traición.
O el derecho al trabajo cuando batimos records de paro.
O el respeto a la religión mayoritaria de los españoles cuando la mayor preocupación de la casta gobernante es quitar el crucifijo de las aulas mientras se regala terreno a los moros para que construyan mezquitas.
O la soberanía de los españoles cuando se está concediendo el derecho de voto a los inmigrantes que, además, acaparan las ayudas sociales con prioridad sobre los nacionales.
O la libertad de expresión cuando el Gobierno piensa en empezar a cerrar páginas de internet y cuando se encarcela a libreros por vender libros políticamente incorrectos.
Aunque supongo que el hecho de tener como norma fundamental un texto tan pútrido, estúpido e inoperante no debe ser tan malo porque la mayoría de la gente lo acepta con resignación.
En fin, supongo que tiene cierta lógica que un pueblo de zombis esté regido por una norma cadáver.