jueves, 11 de febrero de 2010

Carnaval multicultural y democrático.


Es hermoso comprobar cómo el Carnaval fomenta la integración de los numerosos inmigrantes que contribuyen con su presencia al mutuo enriquecimiento y a poner una nota de emoción en nuestras vidas. Un ejemplo de este afán por asumir nuestras tradiciones festivas lo ha protagonizado la banda de colombianos que se disfrazaba con el castizo uniforme de la Benemérita para penetrar en viviendas de otros sudamericanos a los que robaban diversos efectos: dinero, drogas, obras de arte, etc. A veces salpimentaban su simpática actuación amenazando con cortar los dedos de los pies a sus víctimas. Integración y fusión cultural con una pizca de emoción y suspense.
Y es que esto de disfrazarse siempre ha gustado mucho. Hay algunos disfraces que resultan casi obligados en todo carnaval que se precie. Ya es tradicional el ingenioso y original disfraz de monja, de cura o de militar. Los progres y paletos en general siempre han tenido mucha afición a estos disfraces, aunque hay que reconocer que tenían más gracia antes, cuando los curas eran curas y los militares, militares. Ahora, cuando a veces es difícil distinguir a un obispo de un parlamentario proetarra del Peneuve y al Ejército de una oenegé o de un hato de borregos, la cosa ha perdido mucho.
Otro disfraz con garantía de éxito era el de pilingui, de putarrón o de travestorro. Cuanto más fornido era el simpático garrulo pintarrajeado con carmín y pestañas postizas, más gracioso resultaba. También esto ha decaído por la excesiva proliferación de pajines, aídos y zerolos que han convertido la estridencia y la vulgaridad en algo demasiado cotidiano.
Uno de los atractivos del Carnaval era la excepcionalidad. Durante un breve período de tiempo, los papeles sociales se trastocaban y en esto radicaba la diversión. Ahora, cuando es habitual ver a Zetapé ejerciendo de telepredicador o de mamarracho "gótico" en USA, al Pepé intentando disfrazarse de oposición o a las mafias subvencionadas queriendo hacerse pasar por sindicatos, el carnaval empieza a perder su razón de ser.
Si queremos preservar el carácter divertido y sorprendente del carnaval, hay que hacer como los moros, que llevan a sus mujeres embozadas todo el año. Algún malintencionado ha explicado que esto era un símbolo de la subordinación de la mujer consagrada en el Corán. Nada más lejos de la realidad: como todos sabemos, el Corán es un ejemplo de tolerancia religiosa y de respeto a las mujeres (la lapidación de las adúlteras y la ablación del clítoris son sólo peculiaridades culturales que hay que respetar en un contexto de tolerancia y diálogo).
En realidad, los sarracenos tapan la cara de sus prójimas por amor al riesgo y a la sorpresa. El no conocer si la fisonomía de la futura esposa es agraciada o, por el contrario, tiende a la semejanza con el proverbial callo malayo, dota al cortejo de un aliciente y un morbo que desconocemos en los países civilizados de la decadente Cristiandad. Que se lo digan al embajador árabe que, al ir a besar a su prometida, descubrió que ésta cultivaba una barba digna de un imán. Por un momento, no supo si el rostro que acababa de desvelar era el de su amada o el de Cándido Méndez disfrazado de odalisca en la charanga carnavalera de su pueblo. Sobresaltos como éste mantienen alejado el hastío y dotan de gracia al noviazgo. Una gracia que sólo disfrutaremos cuando los giliprogres impongan su alianza de civilizaciones y las españolas deban llevar obligatoriamente los diversos burkas, pañolones y ropones de las moras. Y es que , digan lo que digan, disfrazarse es divertido.