jueves, 11 de marzo de 2010

11-M: Hienas y cocodrilos.

Es inevitable asociar la imagen de un animal carroñero a todos los que se han beneficiado del crimen del 11-M. La figura de una hiena es la más apropiada para describir a los políticos que llegaron al poder gracias a la manipulación informativa del atentado y a los policías y demás funcionarios que obtuvieron ascensos y prebendas por mentir, por poner pruebas falsas o, simplemente, por mantener la boca cerrada. A toda esta pléyade de perjuros, corruptos y canallas, hay que sumar la ecuatoriana que, haciéndose pasar por una víctima, está viviendo del cuento todos estos años y a la que los españoles estamos pagando una cuantiosa indemnización y una vivienda de protección oficial. Además, a este espécimen carroñero se le ha concedido la nacionalidad española, suponemos que extensiva a los congéneres de su familia.
Este caso de parasitismo necrófago no es sino un ejemplo de lo que el resto de beneficiarios de la masacre ha convertido en normal en la política española, acentuando así todas las características inherentes a la partitocracia de la que disfrutamos: devaluación de la Nación española, inmigración sin control, picaresca como forma de vida, subvenciones y dádivas en base no a la necesidad sino a la utilidad propagandística, falsedad y engaño generalizados, envilecimiento promovido por los poderes públicos... Política de hienas para un pueblo convertido en carroña.
Sin embargo, no es la figura de la hiena sino la del cocodrilo y sus falsas lágrimas la que es inevitable evocar al contemplar las conmemoraciones oficiales de la masacre. Con la previsible mezcla de cursilería, papanatismo y ñoñería de todas las celebraciones políticamente correctas, la habitual cabaña de políticos inútiles, periodistas de pesebre, actores subvencionados, sindicalistas millonarios y lameculos oficiales, escenificarán alguna farsa hipócrita recordando a unos muertos que, en el fondo, les importan un bledo. Para vomitar.