miércoles, 28 de abril de 2010

Garzón y sus palmeros: el rencor sin máscara.

La máscara de tolerancia y espíritu dialogante bajo la que la izquierda española se ha venido camuflando desde la Santa Transición ha dejado de ser útil. Ahora, lo que la banda zapaterina cree que le será más rentable electoralmente es mostrar el rostro revanchista y resentido de los nostálgicos de la checa.
A la maquinaria propagandística de Ferraz le ha venido al pelo el procesamiento del juez Garzón para sacar a la calle a la comparsa habitual: sindicatos subvencionados cuya preocupación por el desempleo se limita a preservar el puesto de trabajo del juez vedette, actores paniaguados que, a cambio de mantener el chollo, lo mismo apoyan a la dictadura comunista cubana que deslegitiman a los tribunales no sumisos, plastautores que claman por las "víctimas" del mismo franquismo al que adularon en los conciertos de La Granja, y toda la horda geriátrico-revanchista que rememora sus recuerdos de juventud quema-iglesias y mata-fascistas. Gente encantadora que corea divertidos lemas como "Los huesos del dictador a la cuneta", " Jueces fascistas al paredón" o, en el colmo del optimismo, "Esta vez no pasarán".
Todo el buen rollito y las monsergas sobre la reconciliación de los españoles, el consenso y el modelo de Transición ha sido desechado como la basurilla dialéctica que siempre fue.
De momento, esta presión a nuestros poco aguerridos jueces ha comenzado a dar sus frutos. El juez Varela, que osó incomodar al sacrosanto izquierdista togado, ya ha empezado a recular y ha echado del proceso a FE-JONS para así darle carnaza al minoritario aunque ruidoso lobby chequista. Vano intento. Ahora lo que exige la vociferante reata es la ilegalización de..¡el Partido Popular! Ya puestos...
Lo mejor de todo este esperpento es ver la cara de los giliflautas peperos, liberales, monárquicos y demás miramelindos que en estos años han aplaudido la canonización como demócrata ejemplar del más sanguinario de los criminales de la Guerra Civil, Santiago Carrillo, al que no han cesado de homenajear, besuquear y hasta doctorar "honoris causa". O el papelón del Borbón rubricando su propia ilegitimidad con la Ley de Memoria Histórica. Un rey tan patriota como inteligente, vamos.
Al final, todos contentos: Los nostálgicos de la tricolor por el desahogo vociferante, los pesoeros por la crispación que hace olvidar su nefasta gestión de la crisis, los peperos porque, en el fondo, prefieren que se hable de estas cosas en lugar de sus innumerables gúrteles y correas, y Garzón porque, con tanta guerra civil y tanto revanchismo histórico, nadie habla de la oportunísima ralentización del caso Faisán o de la pasta que le soltó Botín.
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