martes, 1 de junio de 2010

Israel, Islam, victimismo y coartadas.

Como bien dice el Comunicado del Frente Nacional ante la última salvajada del Estado sionista, el asalto por la fuerza de barcos que navegan legalmente en aguas internacionales y bajo banderas y pabellones reconocidos, tiene un nombre: piratería. Es inevitable preguntarse cuál hubiera sido la reacción de toda la cabaña periodística biempensante que puebla las diversas tertulias y foros liberales si en lugar de ser el Estado judío el que hubiera asesinado a unos civiles asaltando un convoy de ayuda humanitaria, el crimen lo hubiera cometido alguna de las naciones non gratas al gran hermano yanqui. Las peticiones de sanciones internacionales y "enérgicas condenas" de los diversos césaresvidales, federicosjimenezlosantos y carlosdávilas habituales, habrían resonado durante días en las libertadesdigitales e intereconomías con las que el Señor castiga nuestros pecados.
En lugar de eso, emplean la técnica sionista, no por repetida menos eficaz y rentable, de convertir a los asesinos en víctimas: Israel tiene que defenderse. Igual que los carros de combate hebreos se defienden de los peligrosísimos niños palestinos que arrojan piedras a los invasores de la tierra de sus ancestros. O igual que la aviación israelí se defiende de los campos de refugiados en los que ha concentrado a la población palestina tras despojarla de sus tierras.
En los últimos años, la derecha prosionista está aprovechando el hartazgo de la población española ante la cada vez más agresiva islamización de España, promovida por la izquierda, para justificar cualquiera de los frecuentes desmanes israelíes. Lo más repulsivo de todo esto es que, mientras por un lado se queja de que España se nos haya llenado de moros, por otro fomenta la inmigración descontrolada en su afán globalizador. Dos pájaros de un tiro: a la vez que destruyen cualquier atisbo de identidad cultural que pueda oponerse a su sacrosanta globalización y precarizan las condiciones laborales sobresaturando el mercado de trabajo con extranjeros, crean las condiciones para que el previsible malestar de los españoles ante la invasión sarracena se convierta en la coartada para justificar los crímenes israelíes.
En el reverso de la falsa moneda partitocrática, la izquierda utiliza la técnica contraria: aprovecha la bestialidad represiva de Israel para justificar la presencia islámica en España. Parece como si las víctimas del terror sionista, en lugar de ser los palestinos expulsados de sus tierras, fueran los numerosos delincuentes marroquíes que infestan nuestras ciudades.
Ambas visiones son igual de sectarias y manipuladoras. Ante tanta propaganda disfrazada de información, urge cada vez más que se imponga el sentido común y los españoles, más allá de nuestra solidaridad con los pueblos oprimidos por el nuevo orden mundial, demos prioridad a nuestros intereses nacionales.
Es hora de dejarlo claro: en España no queremos mezquitas, pero tampoco sinagogas.

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