miércoles, 11 de agosto de 2010

Cantando a Ahmad.


Cuando a los políticos les da por los homenajes históricos, la cosa suele oscilar entre la astracanada y el esperpento. España es, posiblemente, el único país del mundo en el que las figuras históricas que han contribuido a la grandeza de la Nación son proscritas de forma vergonzante mientras diversos personajes y personajillos de dudosos, cuando no criminales, antecedentes son celebrados y homenajeados con una especie de fruición masoquista y paleta. Así, son sistemáticamente borrados de nuestro callejero los nombres de héroes, santos o escritores que, pese a su gloria, o precisamente por ella, no son gratos a la mediocridad democráticamente establecida. En cambio, es doctorado "honoris causa" el genocida Carrillo y le son dedicadas calles a la Bardem. Así nos va.
Ahora le ha tocado el turno a Blas Infante. No dejaba de ser chusco ver ayer a la plana mayor pepera cantando el llamado himno andaluz junto a la estatua del epígono malagueño de Sabino Arana.
Para hacernos una idea de la idiosincrasia de este curioso sujeto hay que recordar que en 1924, cuando España lloraba todavía por los miles de soldados españoles caídos en Annual tres años antes, este notario andaluz viajaba a Marruecos a rezar sobre la presunta tumba de un reyezuelo moro y, tras recitar la shahada, se convertía al Islam con el nombre de Ahmad. A lo largo de su vida política, pasó de defender el federalismo a propugnar el "Estado libre de Andalucía". La diferencia fundamental con Sabino Arana es que, mientras el tontiloco vasco basaba su pretendida identidad histórica en la beatería ultracatólica más intransigente, el notario musulmán de Coria del Río lo hacía en la reivindicación de la invasión sarracena, la oposición a los malvados cristianos que derrotaron a los bondadosos moros y, por supuesto, en la sumisión al Islam.
Este personaje, que en un país serio no hubiera pasado de lo anecdótico por sus estrafalarios postulados, aquí es glorificado sin sonrojo como "padre de la patria andaluza". Y luego nos quejamos de que los moros quieran volver a ocupar lo que ellos llaman Al-Ándalus. Cuando los mojamés vean a los políticos andaluces cantando a Ahmad, se tienen que descojonar.
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