domingo, 3 de octubre de 2010

Sic Transit Gloria Papae.

Una de las consecuencias más dolorosas de la vejez es, sin duda, la progresiva pérdida de facultades. La desorientación y la pérdida de memoria son síntomas de este inevitable deterioro que nos recuerda la fragilidad del ser humano y lo efímero de nuestro paso por este valle de lágrimas.
Ante el irreversible paso del tiempo, de nada sirven las riquezas y las pompas de este mundo: incluso los reyes más poderosos, los magnates más prósperos y los prohombres más ilustres sucumben al fin ante la inevitable erosión de los años.
Ni siquiera los Príncipes de la Iglesia son inmunes a esta humana miseria y este hecho produce una honda consternación entre los fieles al comprobar que incluso el Sucesor de Pedro puede cometer olvidos clamorosos en sus siempre sabias admoniciones. Estos olvidos pueden ser extremadamente crueles sin pretenderlo e incluso inducir al pecado de la ira entre algunos fieles poco benevolentes.
Recientemente, Benedicto XVI ha condenado enérgicamente la ideología nacionalsocialista a la que ha calificado de "demoníaca". Su Santidad ha felicitado a los ingleses por combatir a tan nefasto enemigo. Sin duda, esta condena ha llenado de júbilo a los numerosos amigos y valedores del hasta hace poco denominado por la Iglesia Católica pueblo deicida.
El problema es que el Santo Padre, al horrorizarse ante la crueldad de la guerra, se ha olvidado de los cientos de miles de civiles que perecieron abrasados por las bombas de fósforo que la benéfica RAF arrojó sobre Hamburgo o sobre Dresde, muchos de los cuales eran católicos. Imagino que los descendientes de estas víctimas están teniendo serios problemas de conciencia ante su dificultad para entender el mensaje de amor universal de la Santa Madre Iglesia.
Algunos incluso habrán tenido la horrible tentación de blasfemar acordándose de la venerable familia de Su Santidad. Roguemos a Dios para que ilumine las almas de estos indignados católicos y les haga ver que las palabras del Papa no han sido dictadas por el rencor sectario sino por la humana senilidad de un anciano mal aconsejado.
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