martes, 2 de noviembre de 2010

"Benvingut", Mr. Ratzinger.

Después de su poco afortunada visita a la pérfida Albión, en la que felicitó a los hijos de la Gran Bretaña por combatir a la "ideología demoníaca" olvidando, de forma poco caritativa, a las víctimas civiles de los bombardeos de la benéfica RAF, la visita de Benedicto XVI a España tiene todos los ingredientes para convertirse en un "lunch"de subsaharianos (merienda de negros para los legos en Corrección Política).
Por un lado, los maricas anticatólicos
protestarán contra la visita organizando un mini festival del orgullo gay para recibir a Su Santidad, como si el mariconeo fuera patrimonio exclusivo de la fauna progre y laicista. Estos alardes de las locazas rogelias discriminan a los monfloritas píos, que también los hay. Creo que, de igual forma que los mariquitas peperos están organizados y defienden belicosamente sus traseras preferencias sin renunciar a su liberalcapitalismo, los julandrones católicos deberían hacer algo parecido. En fin, ellos sabrán.
Por otro lado, y esto es lo más triste, todo el aparato autonómico de propaganda está en marcha para convertir la visita papal en una especie de aquelarre separatista.
Los periódicos del pesebre nacionalista se ufanan de que el anciano Pontífice hablará en catalán. Esto no pasaría de lo anecdótico si no se presentara la utilización de la lengua regional por parte del Sucesor de Pedro como una legitimación de aberraciones históricas como la "nación catalana" y demás disparates de la cleptocracia dominante en esa región.
Incluso el líder de la oposición autonómica, representante de la burguesía meapilas y nacionalista, hace equilibrios en sus declaraciones para cogérsela con papel de fumar y estar a la vez a favor y en contra de la pontificia visita. Eso para poder decir que el viejo Santo Padre visita "una nación". Todo ello aplaudido por la beatería antiespañola que habla sin sonrojo de una "Iglesia catalana" en oposición a la española.
En vista de lo anterior, si por algo hay que temer la Condenación es por la certeza de que, si pecamos, nos encontraremos con toda esta banda en el Infierno: el Eterno Castigo no serían las llamas sino las náuseas.

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