martes, 9 de noviembre de 2010

Sahara Occidental y Palestina: el precio de la obediencia.

Tras el brutal ataque marroquí al campamento saharaui junto a El Aaiun y los posteriores asesinatos de resistentes saharauis en los disturbios de ayer, es inevitable establecer un paralelismo entre la situación de los pueblos saharaui y palestino. 
Las imágenes de los habitantes de El Aaiun enfrentándose a las armas automáticas del ejército de Marruecos, recordaban irremediablemente a los adolescentes palestinos que se enfrentan ,a pedradas, a los Merkava Mk 4 con los que los elegidos de Yahvé suelen bombardear las casas  de  los territorios ocupados por la única democracia de Oriente Medio.
En ambos casos, un aliado de Estados Unidos invade un territorio y masacra a sus habitantes con la indiferencia cómplice de las naciones occidentales a pesar de la farisaica condena de ese circo hipócrita llamado ONU.  
Tanto el antiguo protectorado británico de Palestina como la antigua provincia española del Sahara son abandonados a su suerte por sus respectivas metrópolis por razones espúreas: el establecimiento de un Estado sionista en un caso y la explotación de las minas de fosfatos en el otro. Todo a la mayor gloria del capitalismo yanqui.  
En el caso del Sáhara, lo que resulta especialmente vergonzoso es la actitud española templando gaitas ante la prepotencia y la chulería de nuestro secular enemigo del sur, cada vez más crecido.  Tras el  abandono del Sáhara a la voracidad marroquí en 1975, España ha  intentado corregir este error manteniendo el apoyo a su antigua provincia por razones de orden sentimental y por motivos de geopolítica  y elemental estrategia frente a nuestro molesto vecino del sur.
 Hoy, cuando este vecino es más molesto que nunca y reclama con particular descaro ciudades y territorios españoles, nuestra política exterior es lamentable y ridícula. Los desplantes, insultos y agresiones marroquíes a España crecen en insolencia frente a la actitud débil y sumisa de la banda zapaterina ante el "primo" alauita. 
La financiación de un partido islamista en España, los disturbios ante la frontera de Melilla, o el veto a periodistas españoles forman parte de la misma estrategia antiespañola frente a la que el Gobierno reacciona con cobardía rayana en la alta traición. Y es que el que manda, manda.
Ahora, cuando nuestra Patria es un simple peón a las órdenes del Gran Hermano Yanqui, parece una fantasía de política ficción recordar un tiempo en  el que España tenía una provincia llamada Sahara Español. Un tiempo en el que, a pesar de las presiones, España no reconocía al Estado de Israel.
Sic transit Gloria Hispaniae.
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