lunes, 21 de febrero de 2011

23-F. Treinta años de manipulación.

Es realmente curioso comprobar cómo ante los diversos "enigmas" históricos contemporáneos, la simpleza y tosquedad de las versiones oficiales son directamente proporcionales a la gravedad del hecho que se quiere manipular u ocultar. Lo más llamativo es que, por muy pueriles o inverosímiles que sean esas explicaciones, suelen ser tenidas por ciertas durante mucho tiempo en la mayoría de los casos.

Incluso en las contadas ocasiones en que las pruebas demuestran la falsedad de las versiones oficiales, queda siempre una sombra de duda sobre lo realmente acontecido.
Los ejemplos de estas explicaciones para imbéciles son paradigmáticos y abundantes: 
- Asesinato de Kennedy:  Un solitario francotirador con un arma obsoleta se carga al Presidente de Estados Unidos sin que los numerosos servicios secretos, agencias de seguridad y demás tengan la más mínima información sobre el hecho.  
- Asesinato del Almirante Carrero Blanco: Un pequeño grupo terrorista que hasta ese momento lo más sonado que había hecho había sido asesinar a algunos policías, cuenta de la noche a la mañana con los medios y la infraestructura para asesinar al Presidente del Gobierno.
- Atentado contra las Torres Gemelas: Un fantasmagórico líder musulman es capaz, desde un lejano refugio en las montañas afganas, de volar el corazón financiero del imperio USA sin que nadie sospeche nada. (Salvo el judío Larry Silverstein, que tuvo la precaución de asegurar las Torres unos meses antes contra la posibilidad de un atentado terrorista: la avaricia pudo más que la discreción)
- Más del 11-S: los aviones. El que se iba a estrellar contra la Casa Blanca fue derribado por los propios pasajeros que, en un alarde de heroísmo cívico, se lanzaron contra el grupo de secuestradores fuertemente armados. Caso único en la Historia. Por otro lado, el que presuntamente se estrelló contra el Pentágono no dejó ni un solo resto. Curioso.
- 11-M. Unos cuantos moros desharrapados y confidentes de la Policía cometen el mayor atentado terrorista de la historia de Europa.
Y así sucesivamente.
Quizá una de las versiones oficiales más gilipollescas sea la que durante treinta años nos han vendido sobre los sucesos del 23 de Febrero de 1981: Un malvado Teniente Coronel de la Guardia Civil toma el Congreso y secuestra a los sacrosantos padres de la Patria para apoyar un fantasmagórico golpe de Estado que quería acabar con nuestra idílica monarquía parlamentaria. Menos mal que el rey, que es tan bueno y tan demócrata, salió por la tele y los malvados golpistas se rindieron ante su incuestionable liderazgo moral. Este cuento de hadas para oligofrénicos fue secundado por todos los partidos del Sistema, desde los comunistas hasta la derecha liberal.
Cuando se cumplen treinta años de aquellos sucesos, es muy curioso comprobar cómo algunos medios de comunicación que hasta anteayer mantenían la edulcorada versión oficial empiezan a preguntarse cosas que algunos nos cuestionamos hace treinta años. Fuimos por ello acusados de golpistas, desestabilizadores y (oh cielos) peligrosos fachas. Verbigracia: ¿Por qué el rey tardó tanto en oponerse públicamentre al presunto golpe? ¿Sabía el CESID lo que iba a pasar? ¿Por qué en la lista del Gobierno golpista había ministros socialistas y comunistas?
Vamos a ver: A pesar de que treinta años después seguimos sin saber exactamente lo que pasó, hay numerosos motivos para sospechar que, tras comprobar el desastre que para España supuso el nuevo régimen (auge del terrorismo separatista, aumento de la delincuencia, crisis económica, corrupción política, etc...), a los flamantes mandamases de la partitocracia les dió un ataque de pánico ante la posibilidad de que al Ejército, que aún no estaba castrado del todo, se le inflasen las gónadas y decidiera darles una patada en el culo.
Al fin y al cabo, numerosos mandos militares estaban hartos de que la ETA asesinase todos los días a algún español, mientras los políticos claudicaban ante el PNV, auténtico brazo político del terrorismo separatista, y  reabrían viejas heridas legalizando al Partido Comunista y recibiendo como héroes a los criminales de guerra del treinta y seis.
Con el fin de apaciguar a estos militares, y a cada vez más civiles descontentos, organizaron un golpe "ligth". Un simulacro que, por una parte, diese una apariencia de firmeza y de "golpe de timón " del nuevo régimen ante el desastre imperante y, por otro, sirviera para afianzar la partitocracia mediante un Gobierno de Concentración con especímenes de todas las ganaderías, desde la derecha ucedea hasta los comunistas, pasando por el Pesoe.
Lo malo es que, en esta trama, junto a oportunistas sin escrúpulos, también lograron involucrar a hombres de honor que, impulsados por un  patriotismo genuino  y por un valor del que carecían los burócratas de uniforme afectos al nuevo régimen, participaron en estos hechos en los que al final servirían como socorridas cabezas de turco. Al final, los instigadores  y beneficiarios del presunto golpe salvaban sus regios traseros vendiendo a los únicos militares dignos de tal nombre que quedaban en España. 
El castigo a los presuntos responsables del 23-F sirvió de utilísimo escarmiento para que, en lo sucesivo, ningún militar osase cuestionar la autoridad del nuevo Patio de Monipodio partitocrático. Resultado: los mismos políticos que esperaban sacar tajada del autogolpe, la sacaban igual de suculenta con el fracaso del mismo.