martes, 8 de marzo de 2011

Libia: Otra de buenos y malos.

Resulta sorprendente la facilidad de la propaganda mediática para crear de la noche a la mañana supervillanos que parecen sacados de una película de James Bond. La frontera entre los guiones hollywoodienses y los titulares de las agencias internacionales de prensa es cada vez más difusa. Algún malpensado podría  relacionar esta semejanza con el hecho de que, frecuentemente, entre los dueños de las grandes agencias de noticias y los de las productoras cinematográficas suelen repetirse los mismos apellidos, generalmente hebraicos.

Lo cierto es que cada vez que el Gran Hermano Yanqui necesita agredir a algún país o justificar alguna barbaridad, los periodistas de todos los medios que cuentan descubren repentinamente que ese Jefe de Estado hasta anteayer aliado de las democracias occidentales (léase de Estados Unidos) es en realidad un sanguinario dictador contra el que es urgente montar algún tipo de intervención "humanitaria". 
Y es que la capacidad de metamorfosis de los supervillanos es asombrosa: Sadam Hussein pasó de ser un ejemplo de aliado en la lucha contra los megamalvados iraníes a ser él mismo un dechado de  perversidad que agredió a los pobres kuwaitíes. El hecho de que Irak tenga más derechos históricos sobre el corrupto emirato que, por ejemplo, el artificioso Estado de Israel sobre Palestina, es una simple anécdota que todos los medios obviaron. 
O los serbios que lucharon contra la invasión musulmana y la atomización de su país, cuando se convirtieron, por obra y gracia de la manipulación mediática, en unos criminales genocidas frente a los arcangélicos albaneses. El hecho de que los musulmanes cometieran tantas o más atrocidades que los serbios en la guerra de la ex-Yugoslavia, no deja de ser otro detalle incómodo que las grandes agencias prefirieron ignorar. 
Más que nada para no liar al gran público gregario, amante, como es sabido, de las historias de buenos y malos. Y con final feliz, a ser posible. El final feliz es, naturalmente, el triunfo de los muchachos de las barras y las estrellas.
Aunque, por regla general, ese triunfo haga añorar a los pueblos "liberados" los días en que eran víctimas de la tiranía derrotada y podían, por ejemplo, pasear por Bagdad sin que estallase un coche-bomba cada dos esquinas.
Ahora el malo a batir por los benefactores gendarmes del mundo es Gadafi. A pesar de que lleva gobernando Libia varias décadas es ahora cuando los avezados periodistas de las multinacionales mediáticas han descubierto que se trata de un cabrón con pintas. 
La película, en este caso, es de serie B con guionistas de porro y calimocho: el pueblo libio, así, en general, desarmado y pacífico, toma el control de varias ciudades. Viendo cualquier telediario parece como si en lugar de granadas y fusiles, los sublevados hubieran derrotado a los militares de Gadafi arrojándoles flores y perfumes. Ante esta repentina y espontánea rebelión del pueblo libio (así, en general) para reclamar reformas democráticas al grito de "Alá es grande", el supervillano Gadafi ha mandado bombardear, oh horror de los horrores, a su propio pueblo. El hecho de que el número de víctimas en esos bombardeos no sea ni la décima parte de las que produce el más liviano bombardeo israelí sobre Gaza en temporada baja, es irrelevante: la comunidad internacional (es decir, USA y sus satélites) se ha estremecido de horror y ya está preparando una intervención. Humanitaria, por supuesto.
Personalmente, Gadafi no me cae especialmete simpático desde que coqueteó con los hideputas etarras y  pasó de ser un referente tercerista y revolucionario (leyendo su magnífico Libro Verde, muchos le creímos durante mucho tiempo "uno di noi") a convertirse en una especie de bujarrón con túnica  digno de presentar un consultorio de tarot. Pero, viendo las molestias del Gran Hermano y sus otaniles siervos por cargárselo, mucho me temo que los libios no tardarán mucho en añorar su carnavalesco reinado.