martes, 1 de marzo de 2011

Medidas de ahorro y educación. La gratitud necesaria.

Los españoles debemos acoger las últimas restricciones impuestas por nuestro sabio Gobierno con gratitud y alborozo. Tras la prohibición de nefastos vicios que nos alejaban del ideal de perfección progresista como fumar en los bares, hablar español en Cataluña o Galicia, descargarnos cosas de internet  sin pagar peaje  o comer chuches sin permiso de la autoridad, la ciudadanía estaba demandando mayor dureza en nuestra educación cívico-democrática y por eso se ha entusiasmado especialmente con la obligación de conducir a paso de tortuga y sin iluminación.

A pesar de la modestia de nuestros amados líderes diciendo que tales medidas son para fomentar el ahorro, el ciudadano  responsable y bien informado sabe que dichas medidas van mucho más allá en la constante preocupación de nuestros gobernantes para procurar nuestro bien y son, en realidad,  sabias restricciones que repercutirán en nuestra mejora moral y cívica acercándonos un paso más al ideal de cualquier sociedad democrática y desarrollada: la sumisión total y la resignación ante lo que nuestras mentes poco preparadas pueden juzgar como arbitrariedades.
Nuestros abnegados políticos, esa admirable casta que dedica su existencia a servir a los ciudadanos, sabe que esas presuntas arbitrariedades no son sino los inescrutables caminos para conseguir nuestra felicidad.
A pesar de ello, de desagradecidos está el mundo lleno. Hay algunos elementos desestabilizadores que, frente a estas sabias medidas, proponen alternativas disparatadas para ahorrar como, por ejemplo, eliminar las subvenciones a los benéficos partidos políticos, a los ascéticos sindicatos o a los bienintencionados clubs de desenterradores de la memoria histórica.
Estos demagógicos extremistas se atreven incluso a cuestionar las multimillonarias pensiones vitalicias de nuestros admirables diputados o, en el colmo del delirio españolista y fascistoide, pretenden suprimir las diecisiete taifas autonómicas y la pléyade de enchufados, asesores, cargos de confianza y estómagos agradecidos que tanto contribuyen a la modélica administración de nuestro dinero público y al equitativo reparto del mismo entre los diversos chiringuitos y mafias políticas. 
Entre los delirios de estos peligrosos sujetos se encuentran pretensiones insolentes como que los políticos incursos en delitos de corrupción devuelvan lo robado en lugar de quedárselo como bien ganado premio a su sagacidad. O que los asesinos separatistas paguen por sus crímenes en lugar de fundar partidos políticos. O, en el colmo de la intoleracia y el racismo más extremo, exigen que se protejan los derechos de los españoles en lugar de favorecer a los inmigrantes.
Afortunadamente, todos los partidos parlamentarios, haciendo gala de madurez democrática y de sentido de la responsabilidad, han conseguido, con el inestimable apoyo de una prensa obediente y ejemplar y de unos nunca bastante alabados banqueros, que estas ideas delirantes no calen en una ciudadanía madura, sumisa y moderna como es la ex-pañola.