domingo, 10 de abril de 2011

Consultas "soberanistas" y otras burradas.

Tiene cierta gracia el respeto cuasirreligioso que los demócratas de albarda profesan a la aritmética de los votos. Eso de convertir cuestiones como la Justicia o la Verdad en asuntos numéricos siempre me ha parecido una gilipollez malintencionada. En la época nefasta de la Segunda República, se llegó a votar en el Ateneo de Madrid sobre la existencia de Dios. Naturalmente, dado el predominio masónico en la institución, ganó el "no". 

Los que, siguiendo a José Antonio, pensamos que "la verdad es la verdad aunque tenga cien votos y la mentira es la mentira aunque tenga cien millones", siempre hemos detectado una vocación gregaria en esas ordenadas filas de acémilas humanas que esperan su turno ante las urnas de la partitocracia. Cuando la periodista analfopizpireta de turno les pregunta, suelen responder cosas como que "están cumpliendo con su deber de ciudadano" y demás frases hechas aprendidas de la apabullante propaganda institucional.
Los beneficiarios de este monumental tinglado, es decir, la Banca y sus variados secuaces (políticos profesionales, periodistas de pesebre y demás farsantes) ponen el gesto serio cuando hablan de estas cosas y hacen como si se creyesen que la suma de las opiniones de miles de analfabetos diese como resultado una aseveración docta y documentada. O como si sumando miles de gilipolleces se obtuviera una revelación de admirable sabiduría. Les va en ello el sueldo, la prebenda y el mamoneo correspondiente.
Este conjunto de chorradas que los liberales llaman "valores democráticos" no dejarían de ser unas pintorescas muestras de la estolidez de la sociedad actual y de la judaica astucia de los amos del tinglado para tenernos entretenidos (-Niño, ¿qué prefieres, Coca o Pepsi?) si no fuera porque en ellas se basa el Gobierno de las naciones "desarrolladas" con los resultados de todos conocidos.
Sin embargo, este grotesco ceremonial de las urnas alcanza cotas de criminalidad cuando se emplea para destruir la Nación.
Es lo que está pasando hoy en Barcelona con las llamadas "consultas soberanistas" que, básicamente, consisten en que unos hideputas separatistas ponen unas urnas para que otros hideputas y unos cuantos subnormales (categorías no excluyentes en absoluto) decidan con su voto si España debe romperse.
Lo más triste de todo es que el Estado que está siendo agredido con estas operaciones propagandísticas, en lugar de ordenar el fusilamiento por la espalda de los consultantes y consultados, le intenta quitar importancia al asunto diciendo a través de sus múltiples terminales mierdáticos que la consulta no tiene valor legal. Los que carecen de valor, legal o de cualquier otro tipo, son la reata de políticos que, desde el gobierno y la presunta oposición, consienten estas burradas.
Comprobando la nula respuesta de las autoridades ante esto de los referendos "espontáneos", me asalta la tentación de convocar uno para que la gente opine sobre la conveniencia o no de expulsar de España al borbón y proclamar la República Nacionalsindicalista, colgar a los banqueros de las farolas tras nacionalizar la Banca o convertir el Palacio del Congreso en un museo o en un parque de atracciones. Total, no tendría valor legal.