lunes, 4 de abril de 2011

Los separatistas involuntarios.


"(...)Pero también es torpe la actitud de querer resolver el problema de Cataluña reputándolo de artificial. Yo no conozco manera más candorosa, y aun más estúpida, de ocultar la cabeza bajo el ala que la de sostener, como hay quienes sostienen, que ni Cataluña tiene lengua propia, ni tiene costumbres propias, ni tiene historia propia, ni tiene nada."

"(...)Si alguien hubiese gritado muera Cataluña, no sólo hubiera cometido una tremenda incorrección, sino que hubiera cometido un crimen contra España, y no sería digno de sentarse nunca entre españoles. Todos los que sienten a España dicen viva Cataluña y vivan todas las tierras hermanas en esta admirable misión, indestructible y gloriosa, que nos legaron varios siglos de esfuerzo con el nombre de España."

"(...) porque España, que no es Castilla frente a Vasconia, sino que es Vasconia con Castilla y con todos los demás pueblos que integraron España, sí que cumplió un destino en lo universal" 

(José Antonio, discursos parlamentarios


 Ante la abrumadora lista de disparates separatistas (persecución del español, "traducciones" en el Senado, tergiversación histórica, etc...), es comprensible que, como reacción indignada, muchos españoles bien nacidos caigan en la provocación interesada de los nacionalistas de campanario y propongan, como solución al problema separatista, la simple imposición de la unidad nacional "manu militari". Como si la Patria, es decir, un proyecto sugestivo de vida en común, pudiera imponerse a cañonazos. 

Estos españoles son los que, lógicamente hartos de la imposición de las diversas lenguas regionales, llegan a manifestar que no les importaría que desapareciesen la lengua catalana o la vascuence como antigüallas históricas.
 Hay que reconocer que la imagen de los diversos politicastros que llevan décadas viviendo del mismo Estado que pretenden dinamitar, fusilados de espaldas como los traidores que son, no deja de ser sugestiva y consoladora. También que devolver al español (que no castellano) su categoría de única lengua oficial obedecería a criterios de sentido común y de economía y operatividad administrativa. 
Pero pasar del cerrilismo antiespañol de los separatistas a otro cerrilismo centralista y mutilador de nuestra variedad cultural, sólo contribuiría a dotar de munición dialéctica y a sembrar los vientos de futuras rencillas separatistas.
Negar, contra toda evidencia, las señas de identidad de los pueblos que componen esta empresa común llamada España supone reconocer implícitamente que esas señas de identidad como la lengua o la raza son constitutivas de la nacionalidad, argumento utilizado por los nacionalistas de campanario. A los que creemos que España no es una lengua, ni una raza ni una cultura sino la suma enriquecedora de pueblos razas y culturas que constituyen una unidad de destino común, no debe asustarnos la variedad cultural de los diversos pueblos que la componen. 
No basar nuestra unidad nacional en señas de identidad culturales no debe implicar negar, desde un centralismo de charanga y pandereta, cualquier manifestación cultural no castellana.
Estos españoles justamente indignados ante la deriva separatista no deben caer en la trampa de identificar una lengua regional con una bandera de disgregación. Mientras algunos patriotas sigan mirando con burla o desprecio las lenguas regionales españolas, estarán contribuyendo a que dichas lenguas se identifiquen únicamente con los postulados separatistas. Paradójicamente, estarán actuando como involuntarios justificadores del separatismo.