jueves, 5 de mayo de 2011

De apellidos y políticos cabronazos (valga la redundancia).

 La ausencia de problemas en España gracias a la sabia gestión de nuestros políticos profesionales, tiene como desagradable consecuencia el aburrimiento de los españoles. Para evitarlo, los padres de la Patria, una vez resueltas cuestiones menores como el paro, la inmigración o la corrupción política, aprovechan su valioso tiempo en idear ingeniosos métodos para hacer nuestra vida más interesante.

No cuesta trabajo imaginar la abnegada rutina cotidiana de nuestros legisladores que, tras dejar a su progenitora en el club de alterne correspondiente, llegan a sus modestos despachos y se ponen a discurrir sobre la mejor manera de tocarnos las gónadas para que no nos relajemos demasiado.
Tras prohibirnos fumar, comer hamburguesas o chuches, hablar español en algunas regiones, publicar libros políticamente incorrectos y obligarnos a conducir a paso de tortuga, no era fácil idear nuevas formas de putearnos. Aumentar aún más los impuestos, tasas, multas y demás atracos legales supone el riesgo de matar por inanición a las escuálidas gallinas de los huevos de oro que son los siervos-votantes-contribuyentes.
Menos mal que nuestros políticos, que además de ser, como todo el mundo sabe, los más honrados y trabajadores de nuestros compatriotas, también son los más inteligentes y han ideado un nuevo método para amargarnos la existencia.
Y es que, con la reforma de la Ley del Registro Civil, los apellidos de nuestros hijos ya no vendrán dictados por la tradición centenaria de la estirpe familiar como ocurre todavía en algunas sociedades ancestrales como Francia, Alemania o Suecia sino que, en caso de desacuerdo de los padres, podrá ser un funcionario del Registro el que decida el orden de los apellidos. Es sabido que, gracias a los profundos conocimientos históricos, heráldicos y humanísticos de los funcionarios del Registro, su elección será mucho más acertada que la absurda tradición de poner simplemente al hijo el apellido de su padre y luego el de su madre. Los funcionarios del Registro, en su infinita sabiduría, sabrán decidir qué apellidos deberán extinguirse y cuáles no. 
Este sistema hará mucho más divertida, por ejemplo, la elaboración de árboles genealógicos proporcionando un plus de misterio a la identificación de nuestros antepasados. También introducirá elementos de suspense en los procedimientos sucesorios, en la identificación de cadáveres y en mil pequeños detalles de nuestra vida que harán que, frecuentemente, tengamos presente en nuestro recuerdo a nuestros originales legisladores y a sus muertos más frescos. 
Lo importante es que no nos aburramos y que no tengamos ninguna identidad cultural, histórica, familiar, nacional o racial que nos distraiga de nuestra importante función de ser mestizos obedientes y sumisos que trabajen, consuman y voten cada cuatro años lo que nos digan nuestros sabios amos. El Nuevo Orden Mundial y la Sacrosanta Globalización es lo que tienen.
En fin, en cualquier caso, hay que ver la botella medio llena: aunque los apellidos los decidan ellos, todavía podemos elegir nosotros el nombre. De momento.

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