lunes, 25 de julio de 2011

Asesinatos de Noruega. La desinformación interesada.

Cuando ocurre una tragedia como la de Oslo es cuando la prensa del sistema muestra más descaradamente su naturaleza de perro obediente difundiendo los mensajes que sus amos le ordenan. En momentos así, los medios de desinformación se olvidan de su postiza división ideológica y difunden disciplinadamente las consignas que interesan en cada momento a los dueños del cotarro.
La primera versión dio en atribuir los crímenes al terrorismo islámico. Siempre viene bien una coartada para justificar un futuro ataque a cualquier país díscolo ante el Nuevo Orden Mundial, como por ejemplo Irán. Incluso apareció oportunamente un grupo ligado a esa rentable creación de la CIA llamada Al Qaeda. 
La segunda versión supuso, sin embargo, un giro de 180º:  los moros pasaron de ser los autores a convertirse en el motivo de la ira de un loco, cómo no, ultraderechista. El término "ultraderechista" es muy socorrido y sirve lo mismo para un roto que para un descosido. El hecho de que el asesino sea masón y simpatizante del sionismo es lo de menos.
Vamos a ver: si por ultraderechista entendemos a alguien partidario del liberalismo económico más salvaje, admirador confeso de Winston Churchill y del imperialismo norteamericano, opuesto a la inmigración islámica pero no al resto de inmigraciones extraeuropeas, entonces, efectivamente, el asesino noruego es un ultraderechista. Si fuera español sería un fiel seguidor de Jiménez Losantos, César Vidal y de los diversos minutos digitales, intereconomías y demás púlpitos del eurosionismo ultraconservador.
Lo que ocurre es que, al menos en España, el concepto que la prensa teledirigida de derecha e izquierda nos vende por ultraderecha es un útil cajón de sastre en el que, junto a los elementos descritos, incluye también a los que defendemos puntos de vista ideológicos radicalmente opuestos a los del asesino masónico.  Y eso, la verdad, toca bastante los huevos.