jueves, 21 de julio de 2011

Profanadores de tumbas.

Existen pocas acciones tan rastreras e infames como la profanación de tumbas. El odio patológico que supone querer borrar hasta el último vestigio de un enemigo y privar a sus deudos del derecho a rendirle un fúnebre homenaje es algo que caracteriza a seres miserables cuyo resentimiento y cobardía supera los límites de lo enfermizo.
En España estamos padeciendo un ejemplo de esta insania con las vergonzosas maniobras políticas que pretenden convertir el Valle de los Caídos en un museo del revanchismo con la hipócrita Ley de Memoria Histórica. Es la rastrera y cobarde lanzada a moro muerto que ha caracterizado a la escoria que Pío Baroja retrató certeramente en "Comunistas, judíos y demás ralea". Hablando del Pueblo Elegido, se puede presentir su larga y sucia mano en la reciente profanación oficial de la tumba de Rudolf Hess, el único hombre que hizo un intento real de parar la Segunda Guerra Mundial.
La vomitiva prensa del Pensamiento Único Políticamente Correcto celebra que la tumba del mártir europeo haya sido destruída. Sus restos serán arrojados al mar en un patético y rastrero intento de evitar que cada vez más jóvenes acudan a rendirle homenaje en los aniversarios de su asesinato. Los métodos de los "defensores de la democracia y la libertad" se superan cada día en vileza. Izquierdas y derechas celebran con igual regocijo la iniquidad. No en vano son hijas de la misma meretriz hebraica.
En el fondo, este ensañamiento enfermizo de los que han profanado la tumba de Hess o de los que han cerrado el Valle sólo demuestra, además de su bajeza moral, un sentimiento de miedo. Es el miedo de la hiena ante el cadáver del león. A pesar de saberle muerto, no pueden evitar cierta inquietud instintiva ante el enemigo natural. 
En el fondo de sus podridas mentes, saben que sus victorias son provisionales y que sus mezquinas maniobras resentidas no hacen sino destacar por contraste la infinita superioridad moral de los enemigos que pretenden escarnecer.