domingo, 18 de septiembre de 2011

Toros en Francia. Los valores incómodos.

Ayer tuvo lugar el mano a mano en la Plaza de Nimes entre los toreros franceses Juan Bautista y Sebastián Castella. A pesar de que el ganado de Victoriano del Río salió parado y con poca casta, la técnica, buen oficio y vergüenza torera de los diestros consiguió que, a partir del tercero, pudiésemos disfrutar de algunas series impecables que alegraron una tarde que amenazaba con ser anodina y aburrida. 

Especialmente aplaudidas fueron las banderillas de Juan Bautista al quinto, en las que el diestro franchute se reveló como aventajado émulo del gran Fandi. 
Independientemente del nivel artístico del festejo y de la impresionante belleza del milenario coso nimeño, anfiteatro romano que es un espectáculo en sí mismo, llamaba la atención el comportamiento del público francés. Lejos de la vociferante y chabacana vulgaridad de algunos cosos españoles, el público de Nimes asistía al rito taurómaco con un recogimiento y un respeto dignos de una ceremonia religiosa. La falta de casta de los astados o los lances poco afortunados de la lidia, en lugar de ser abroncados con plebeyos abucheos, eran sancionados con un silencio de mármol evocador de la mejor época en la Maestranza de Sevilla, cuando el señorío del público sevillano era el contrapunto elegante al tumulto antipático y gritón del tendido siete de Las Ventas. 
Se percibía que los asistentes al espectáculo eran conscientes de la belleza intrínseca al ritual taurino. En una Europa colonizada por Eurodisneys y Mac Donalds, arquetipos de la mistificación gregaria impuesta por el consumismo globalizador, se aprecia la autenticidad de una Fiesta de Sangre, Valor y Muerte. 
En una sociedad adocenada por la sensiblería made in Hollywood, la Tauromaquia es una celebración iniciática que reivindica el mito ancestral del Hombre frente a la Bestia.
El sacrificio del animal totémico, símbolo de la fecundidad generadora, se convierte en rito artístico y gloriosamente sangriento. El Toro es un símbolo solar, como el alma europea. Como en todas las religiones solares, el dios debe morir para que el hombre viva. De este rito primordial han hecho los pueblos mediterráneos, fiesta y juego. Danza y combate. Celebración y tragedia. Arte y Tradición.
Resulta irónico y doloroso que sea precisamente Francia, cuna de la Ilustración masónica y relativista que sepultó en palabrería materialista y demagógica la Cultura y la Tradición europeas, la que tenga que enseñarnos a los españoles la manera de entender y preservar uno de nuestros mayores tesoros culturales. Cosas veredes...