miércoles, 28 de marzo de 2012

El misterioso enigma de la gilipepez.

A raíz de las últimas declaraciones, actuaciones y omisiones del actual presidente de Gobierno, se ha abierto un interesante debate ontológico sobre las motivaciones que guían la conducta del ilustre prócer y de la gubernamental grey que pastorea.
Hay una corriente de pensamiento que establece como apriorismo que el comportamiento pusilánime, ambiguo y mojigato de los peperos obedece a un cálculo premeditado. Se trataría de la sempiterna obsesión de la derecha por mimetizarse con la izquierda y de los múltiples complejos que décadas de hegemonía progre en los medios de comunicación han inoculado hasta en el menos gilipollas de los políticos.
Otra corriente defiende que las cagadas que viene haciendo el Pepé para desesperación de la mayoría de sus votantes (pasteleo con el separatismo incluido el etarra, condecoraciones a los zapaterinos, indultos a políticos corruptos, mantenimiento de la Ley de Memoria Histérica, concesión de millonarias subvenciones a los sindicatos pancistas, etc...) no son fruto del cálculo político sino de la estulticia, de la ignorancia y de la estupidez.
Gestos como el de Rajoy sumándose al infecto invento zapaterino de la Alianza de Civilizaciones parecen avalar esta última hipótesis. Sin embargo, si tenemos en cuenta que el grado de papanatismo pepero ante las consignas progres es directamente proporcional a su perruna sumisión a la oligarquía financiera internacional, se abre camino una tercera teoría: las decisiones peperas no son fruto solamente de la estupidez o la cobardía, sino de la vileza. En realidad, el Gobierno de Rajoy, como antes el de Zetapé, se limita a obedecer servilmente las órdenes de los verdaderos amos del cotarro (FMI, CFR, Bilderberg, etc) a cambio de que les dejen gobernar. De momento.