martes, 20 de marzo de 2012

La Pepa, los peperos, el felón y sus palmeros.

Como era de esperar, los actos conmemorativos de la Constitución de 1812 oscilaron entre lo bochornoso y lo grotesco. Lo habitual en los eventos organizados por nuestra ilustre casta política, siempre tan ávida por mostrar su mediocridad y su incultura. Si no supusiera un insulto a la memoria de los españoles que cayeron luchando contra el invasor, el aquelarre pseudohistórico hubiera tenido hasta gracia.

No deja de ser chusco que el actual Presidente del Gobierno, más preocupado por sus intereses electoreros que por homenajes históricos que seguramente le parecen un coñazo, calificara de "reformistas" las Cortes de la Regencia. Unas Cortes que, a pesar de las rémoras y corruptelas inherentes al liberalismo, defendían la independencia y la dignidad nacionales a cañonazo limpio contra el gabacho.  
Naturalmente, los habituales especímenes de moqueta y coche oficial, con ese lenguaje a medio camino entre lo cursi, lo burocrático y lo gilipollas, se dedicaron a glosar no lo que tuvo de patriótica y rebelde la lucha contra el francés, sino los habituales tópicos políticamente correctos como coartada y justificación del régimen del que son beneficiarios. 
La charlotada tuvo su apoteosis cuando, tras el discurso del retataranieto del Rey Felón, la claque, puesta en pie, ovacionó durante un buen rato al monarca que, la edad no perdona, incluso dicen que lloriqueó algo. Por un momento, parecía que iban a sacar a hombros al suegro de Urdangarín. 
Ante el borbónico fervor de la recua conmemorante es inevitable recordar que, en 1812, a los diputados partidarios de mantener los privilegios de la monarquía, el pueblo de Cádiz los denominaba "serviles" o "servilones".
El acto de ayer dejó claro que, aunque del patriotismo y sentido de la dignidad nacional de los españoles de 1812 ya no queda ni rastro, en cambio nuestra cabaña de servilones, alcahuetes, corruptos y sinvergüenzas sigue gozando de una pujanza envidiable.