lunes, 7 de mayo de 2012

El Amanecer griego.

En el cada vez más deprimente panorama informativo, ya se han convertido en habituales las noticias sobre la crisis que todo lo impregna. Los drásticos recortes en todo lo que no sea la mamandurria de la casta parasitaria, el aumento del paro, la rapiña de los banqueros o la corrupción de los políticos tiñen diariamente de pesimismo las cabeceras de los principales medios de (des)información. Es como si con esta saturación  de desánimo nos quisieran inculcar una suerte de resignación ante lo inevitable. 

A pesar de esta cotidiana constatación del fracaso de la democracia, siguen vendiéndonos la idea de que éste es "el menos malo de los sistemas posibles". Una de las muchas mentiras que los voceros de lo políticamente correcto repiten para convertirla en verdad indiscutible. Algunos, los más lelos, puede que incluso se la crean.  
Es, por eso, doblemente esperanzador el resultado del movimiento político Amanecer Dorado en Grecia. Obtener veintiún diputados a pesar de la constante campaña de desinformación y difamación desde los medios biempensantes tiene un gran mérito y es la prueba de que el Sistema, aunque fuerte, no es invencible.
Aún sin analizar a fondo los pormenores ideológicos de la formación patriota griega, basta con contemplar el nerviosismo histérico que el ascenso de Amanecer Dorado ha provocado entre los medios de las diversas obediencias mojigatocráticas para constatar que, sin duda, estamos ante un hito decisivo en el despertar de una Europa narcotizada por la propaganda de la Usurocracia.
Es significativo que sea Grecia, campo de batalla en los últimos meses entre el liberalismo más salvaje y la izquierda más violenta y demagógica, la nación europea que, sin complejos, abogue por una tercera vía patriota y revolucionaria frente a las artificiosas alternativas "oficiales".  
Ahora sólo queda desear que los patriotas griegos consigan sobrevivir a los medios que los demócratas y tolerantes suelen emplear cuando sus campañas de desprestigio fracasan. Y es que los asesinatos de Jörg Haider o Pim Fortuyn nos recuerdan constantemente las auténticas reglas del "juego democrático".