miércoles, 30 de mayo de 2012

El Pasillo. Relato de un futuro posible.


La radio se conectó automáticamente despertando a Eugenio a las seis en punto. Mientras desayunaba un tazón de cereales de oferta comprados en el chino de la esquina, escuchaba la habitual salmodia de EsNeocon Radio sobre la necesidad urgente de privatizar las Fuerzas Armadas: “¿Por qué el Gobierno nos sigue ocultando que empresas como Black Waters podrían hacerse cargo de nuestra Defensa sin que le cueste un neoeuro al contribuyente? ¿Por qué ese empeño en negarse a privatizar?”.
Cambió de emisora. En Radiocadena Progre hablaban sobre lo aconsejable de mantener relaciones lésbicas para prevenir la osteoporosis. Antes de salir aún tuvo tiempo de escuchar en RadioMaricope que el proceso de beatificación de Esteban Ibarra iba viento en popa.
Cuando llegó a la tienda pasaban cinco minutos de la hora de entrada. Su Jefe, el señor Wang, se apresuró a recordarle que le serían descontados del sueldo esos minutos y que, según lo dispuesto por la Ley de Mercado Laboral, su indemnización por despido pasaría de tres a dos días por año trabajado.
Tras doce horas de atender a clientes, barrer la tienda, fregar el retrete y darle un masaje en los pies al Sr. Wang, cogió el Metro para ir al Hospital Gaspar Llamazares donde estaba ingresado su padre. Apenas había cola en la taquilla. Pagó un billete para dos horas de visita.
La camilla de su padre seguía en el pasillo. Una enfermera congoleña le informó de que, aunque había quedado libre una habitación esa tarde, ya había sido ocupada por un paciente con más rango en su Tarjeta de Prioridad, concretamente un ecuatoriano homosexual al que su nacionalidad y tendencia erótica le daban un Rango de Prioridad 1. Su padre, español, blanco y heterosexual, no podía aspirar a nada superior a un Rango 15. Incluso si hubiera accedido a cambiarse el sexo, como le aconsejó su Comisario de Asistencia Social, el viejo (convertido en la vieja), no hubiera pasado de un Rango 11.
La camilla de su padre estaba encajada en un rincón entre un contenedor de sábanas y una pila de cuñas sanitarias. Su padre, piel y huesos, parecía dormitar. Un gotero estaba conectado a su brazo derecho y una mascarilla cubría casi totalmente su cara sin afeitar. Eugenio comprobó que el saldo del suministro de oxígeno estaba a punto de agotarse. Introdujo un par de neoeuros en la ranura. 24 horas de suministro según la pantalla del aparato.
Pasadas las dos horas regresó a su apartamento. Abrió una lata de fideos y se puso a cenar frente a la telepantalla. En los canales de entretenimiento se alternaban los programas habituales como “Debates en top less”, “Familia bisexual” “Callejeros sin duchar” o “Putillas y julandrones: la noria del mundo rosa”. En el canal Disney seguía la serie “El mestizaje multicolor” y “Pluto y su flauta. El 15-M de Mickey Mouse”.
 En el canal gubernamental emitían un anuncio sobre el Día de las Fuerzas Armadas. Un indio guaraní explicaba que en el Ejército Español se sentía realizado como persona y como ciudadano gracias a los numerosos cursos que preparan a los futuros exsoldados para integrarse en la vida civil: Curso de tarot y adivinación, Máster en Lenguaje No Sexista, Diplomatura en Pacifismo Ecologista o el Taller de Artesanía Multicultural y Elaboración de Pulseras Africanas.  
  El anuncio hacía especial hincapié en lo contentos que estaban nuestros aliados con nosotros. Una gran bandera con las barras y las estrellas daba paso a un sonriente Tío Sam acariciando la cabeza del guaraní de antes vestido con el uniforme  de Infantería. 
Cuando Eugenio se enteró de que los familiares de los militares españoles, gracias a una vieja tradición castrense, sólo tenían que pagar la mitad de su comida cuando eran ingresados en un Hospital, comenzó a prestar atención al anuncio.
Lo que le decidió a alistarse fue saber que, en el Ejército, los extranjeros tenían los mismos derechos y obligaciones que los españoles. Recordó a su padre en el pasillo del Gaspar Llamazares. Se imaginó con su flamante uniforme de Fuerza Auxiliar del Ejército USA, visitando a su padre en una habitación individual con tele y baño propio. Hecho un señor. Como si fuera un panchito.