lunes, 21 de mayo de 2012

Traumas, complejos y psicopatías de la derecha española.

Echando un somero vistazo a la gestión del Gobierno pepero, parece claro que el criterio empleado por el Ejecutivo para adoptar cualquier decisión política consiste en preguntarse sobre qué medida o actitud produce más rechazo en su votante medio para, inmediatamente, adoptarla.
Si a una gran mayoría de votantes les parece una estupidez y un despilfarro subvencionar a las numerosas asociaciones, peñas y chiringuitos del lobby julandrón, pues se les sigue subvencionando y en paz. El hecho de que a gran parte de su electorado les repugne la apología de la homosexualidad es algo irrelevante. 
Si a casi todos los votantes peperos les indigna la claudicación del Gobierno español ante la ETA que inició Zapatero, pues se continúa con la bajada de pantalones ante el separatismo, con la excarcelación de asesinos etarras y el desprecio sistemático a las víctimas del separatismo. Si muchos españoles votaron al Pepé pensando que iban a cambiar la política antiterrorista, que les vayan dando.
Si muchos de los votantes peperos están hasta el gorro de la invasión inmigrante, pues se prohíbe a la Policía que detenga a los inmigrantes ilegales y se continúa sobrecargando nuestra Sanidad Pública y nuestro Sistema educativo con el exceso de inmigración.
Si para mantener el abuso que la avalancha inmigrante hace de nuestros servicios públicos hay que instaurar el copago, el repago y hacer que los jubilados españoles se paguen sus medicinas, pues se hace y ya está. A los incautos que pensaron que el Pepé iba a terminar con la política suicida de inmigración que los zurzan.
Y así podríamos seguir enumerando decisiones que implican el más absoluto ninguneo y desprecio del Partido Popular hacia sus ingenuos y dóciles votantes: Condecoración masiva del Gobierno zapaterino, mantenimiento de las prebendas y mamandurrias a las mafias sindicales, entrega de las televisiones públicas a la propaganda más sectaria de la extrema izquierda, aumento de la presión fiscal sobre los pequeños empresarios en beneficio de banqueros y demás parásitos, mantenimiento del aborto legal, etc...
Esta actitud a medio camino entre lo masoquista, lo suicida y lo gilipollas tiene un doble origen.
Por un lado, la compulsión de la derecha española para, desde la época de ese enjuague llamado Transición, hacerse perdonar la vida por los sumos sacerdotes de la ortodoxia progre. Con el absoluto monopolio de los medios culturales, la dogmática neomarxista ha inoculado durante décadas en la sociedad sus consignas revanchistas, antiespañolas y sectarias con el aplauso acomplejado de la misma derecha que les entregó todos los instrumentos de control social.
La derecha giliberal ha interiorizado como propios todos los clichés de la progredumbre y ha asumido como verdad incuestionable el dogma progre de que la única legitimidad política y moral es la izquierdosa.
La segunda causa de los complejos progres de la derecha radica en el gregarismo conformista de sus votantes habituales. A pesar de que los Gobiernos de Aznar dejaron clara la falta de voluntad política de los peperos para defender los valores tradicionalmente reivindicados por la derecha, la clase media española sigue votando al partido del pájaro carroñero como -supremo argumento burgués- "mal menor".
Lo peor de todo es que el conjunto de clichés, complejos, falacias y estupideces que componen el Pensamiento Único Políticamente Correcto va calando cada vez más entre el votante pepero.
 El conocido eslógan "Pesoe y Pepé, la misma mierda es", ha pasado de ser una provocación contra el gregarismo a convertirse en una realidad perogrullesca.