jueves, 7 de junio de 2012

Ray Bradbury. La muerte de un profeta.

Una de las diferencias culturales más claras entre la generación de los que crecimos entre libros, revistas y tebeos y la de quienes lo han hecho entre ordenadores, videoconsolas y demás cacharrería electrónica es que, al oir el título "Crónicas marcianas", la generación de las pantallitas y de la LOGSE piensa en un famoso y chabacano programa de telebasura de hace unos años y los de los libros evocamos inmediatamente uno de los universos más sugestivos, originales e inteligentes de la ciencia-ficción. 

Hoy, además de recordar esta obra maestra, nos sentimos un poco huérfanos. Y es que Ray Bradbury, el autor de esta obra y de colecciones de relatos como "El hombre ilustrado", "Las doradas manzanas del sol", "La Feria de las Tinieblas" y tantas otras narraciones de ciencia-ficción, fantasía y terror, ha muerto.
Ray Bradbury supo dotar a los cuentos de ciencia-ficción de un alma poética y de un ambiente humano y cotidiano que situó a sus relatos muy por encima, en calidad literaria y en profundidad filosófica, de los autores al uso. Los conflictos, dilemas morales y peripecias de los personajes de Bradbury reflejan un imaginario mucho más atractivo y verosímil que los golem cibernéticos de Asimov y su judaica apología de la globalización o que los cuentos planos e infantiloides de la mayoría de autores del género. 
Sin embargo, el título más significativo de Bradbury es, sin duda, "Farenheit 451", una distopía sobre una sociedad en la que los bomberos son una especie de inquisidores de lo políticamente correcto cuya función es quemar libros. 
Farenheit 451, como otras obras de anticipación clarividente (1984, Un Mundo Feliz...) supo prever la deriva tiránica de la sociedad surgida en 1945 con la derrota de cualquier visión idealista de la política y su sustitución por los antivalores del materialismo en sus dos vertientes.
Lo que no esperábamos es que las pesadillas de Ray Bradbury se hiciesen realidad tan pronto. En la sociedad española actual, ya es habitual que se encarcele a editores y se cierren librerías cuando no encajan en la dogmática intransigente de lo políticamente correcto. Personajes deleznables como Esteban Ibarra o los diversos lobbys innombrables imponen su arbitraria dictadura sobre jueces dóciles y cobardes a la hora de señalar qué libros podemos leer y cuáles no.
El vergonzoso encarcelamiento de Pedro Varela o la sañuda persecución a Juan Antonio Llopart son ejemplos sangrantes de esta censura inquisitorial. 
Sólo la resistencia activa a esta tiranía del Pensamiento Único puede evitar que se sigan cumpliendo las previsiones del maestro Bradbury. Ojalá que no tengamos que terminar, como en su genial novela, memorizando los libros prohibidos como única forma de luchar contra los que, desde oligopolios mediáticos, sanedrines culturales y mafias judiciales nos siguen imponiendo la mentira como dogma y la censura como amenaza.