jueves, 12 de julio de 2012

Cuento del perro y las pulgas.


Érase una vez un perro que vivía feliz y contento. Empleaba su tiempo en los habituales menesteres de su especie, tales como corretear, ladrar y mover la cola. Nada le perturbaba hasta que, un buen día, empezó a notar unos molestos picores en algunas zonas de su cuerpo. Cuando comenzó a rascarse, oyó una vocecita que le decía: "No te preocupes. Los picores son por tu propio bien". El perro, inquieto, preguntó a la vocecita sobre su procedencia e intenciones. "Soy la Voz de la Voluntad Popular", susurró la vocecita. El perro, que no se distinguía por su perspicacia, dio por buena la respuesta y siguió con sus quehaceres perrunos rascándose de vez en cuando.
 En realidad, la vocecita provenía de una pulga que, al frente de un nutrido grupo de congéneres, acababa de colonizar al perro. Eran un ejército de pulgas que gustaban de llamarse a sí mismas "Representantes de la Voluntad Popular". Esta denominación solía impresionar al resto de insectos dotándolas de un aura de respetabilidad que las pulgas aprovechaban para ejercer su parásita rapiña con la mayor desvergüenza. 
Para convencer a sus potenciales huéspedes de la bondad e inevitabilidad de ser parasitados, las pulgas tenían a su servicio a numerosos piojos, ladillas y demás insectos que, a cambio de esta labor propagandista, recibían los restos del festín de las pulgas, viviendo, como éstas, a costa del sufrido perro. 
Estos lacayos eran llamados genéricamente "periodistas" aunque ellos, a semejanza de sus amos, gustaban de autodenominarse "Portavoces de la Opinión Pública", que también impresiona bastante. 
Un día en que el perro andaba zascandileando en torno a una sinagoga, apareció en su lomo una gran sanguijuela.
Cuando fue interrogada  por las pulgas guardianes sobre sus propósitos, la sanguijuela, que se identificó como Gran Mensajero de un imperio llamado Poder Financiero, dijo que quería hablar con el jefe de las pulgas para hacerle una oferta que no podría rechazar. 
A las pulgas guardianes les llamó la atención que, al pronunciar estas palabras, la sanguijuela sonriera con cierto recochineo. De todas formas, ante el amenazador tamaño de la visitante, decidieron conducirla a presencia de la pulga líder.
Tras aquel histórico encuentro, las pulgas y su cohorte de piojos y ladillas pasaron a estar al servio de las grandes sanguijuelas, erigidas en nuevos amos. Toda la elocuencia de los Portavoces de la Opinión Pública se dedicó a loar las grandes ventajas de ser parasitado por las sanguijuelas. 
En las orejas del perro resonaban continuamente poemas y cancioncillas que ponderaban las virtudes de las sanguijuelas. A veces centraban sus alabanzas en una sanguijuela concreta y elaboraban eslóganes personalizados: "Botinael, tu sanguijuela amiga", "Únete a la pústula naranja", "Tu sanguijuela y cada vez la de más gente", y cosas así.
Aunque el perro estaba cada vez más flaco debido a la constante sangría que le infligían las sanguijuelas, estas cancioncillas le mantenían sosegado. Estaba convencido de que alimentar con su sangre a las sanguijuelas, pulgas, y demás bichos formaba parte del orden natural de las cosas y servía a los más altos propósitos de la Naturaleza. 
Sin embargo, llegó un momento en que el perro, casi exangüe, languidecía sin fuerzas. Ante la gravedad de la situación, los Representantes de la Voluntad Popular se reunieron en un Pleno Extraordinario. Los Portavoces de la Opinión Pública esperaban impacientes las instrucciones sobre las consignas a repetir en la oreja del perro, a pesar de que había indicios cada vez más claros de que el perro ya apenas oía.
La decisión adoptada no sorprendió a nadie: se aumentaría el volumen de las sangrías para saciar a las sanguijuelas. Los piojos recibieron orden de proclamar que esta hemorragia a la que llamaron "recortes" era beneficiosa para la salud del perro.
Cuando fueron a repetirle esta consigna en la oreja, se dieron cuenta de que el perro había muerto.