miércoles, 18 de julio de 2012

El deber de la rebelión.

Es triste comprobar cómo setenta y seis años después del Alzamiento que salvó a España de convertirse en una colonia soviética, volvemos a estar al borde del colapso como Nación y como Pueblo. Y es que sólo los imbéciles pueden esperar que aplicando las mismas premisas a la acción política, el resultado sea distinto. 
Si como fundamento del sistema político se establecen las viejas divisiones artificiales y envenenadas de la partitocracia liberal, es inevitable que el resultado sea el enfrentamiento y la división entre los españoles. 
Si nuestra organización territorial se basa sobre la exaltación de las diferencias regionales  mediante ese engendro caro y absurdo llamado Estado de las Autonomías, es inevitable que el resultado, además de la ruina económica, sea el auge del separatismo más antiespañol, criminal e insolidario, engordado, además, gracias a las prebendas y concesiones del mismo Estado que pretende desmantelar.
Si la representación política se establece en base a los enfrentamientos ideológicos y artificiales encarnados en los partidos políticos, es inevitable que éstos se conviertan en burocracias corruptas que sólo se acuerdan de sus votantes cuando hay elecciones y cuyo máximo interés es conservar sus numerosas prebendas y privilegios de casta parasitaria y endogámica.
Si se convierten las relaciones laborales en simple mercadeo, privando al trabajo de su condición trascendente de atributo de la dignidad humana y convirtiéndolo en una mercancía, es inevitable que surja el descontento social ante la injusticia obscena del capitalismo. Si ese descontento se aprovecha para justificar y alimentar burocracias corruptas llamadas "sindicatos de clase", es inevitable que el resentimiento y la fractura social abonen el terreno para el enfrentamiento y el odio. 
Si a todo ello añadimos un sistemático fomento de la tergiversación histórica y del desprecio a nuestro pasado asumiendo como veraces todas las leyendas negras inventadas por nuestros enemigos, es inevitable el desarme moral de generaciones enteras de españoles, confundidos por un relativismo ignorante y malévolo.  
Por eso es necesario recordar que no siempre fuimos un rebaño conformista y cobarde. Por eso es un deber moral recordar el Alzamiento Nacional del 18 de Julio, no como nostalgia estéril de un pasado heroico, sino como ejemplo de rebeldía y patriotismo de cara a un futuro difícil.
Y es que, ante situaciones extremas que ponen en peligro nuestra misma supervivencia como Nación y como Pueblo, la rebelión no sólo es un derecho sino un deber ineludible.