sábado, 28 de julio de 2012

Olimpiadas, censuras, dogmas y ridiculeces.

Las víctimas más recientes de esa Policía del Pensamiento orwelliana en que se han convertido ciertos lobbys de hebraica obediencia han sido un barítono ruso y una atleta griega. Los horribles crímenes cometidos por estas personas y que les han acarreado el linchamiento mediático consisten, en el caso del cantante, en llevar tatuado un símbolo no grato a estos sanedrines, y en lo referente a la atleta, haber osado hacer un comentario sobre el excesivo número de africanos que hay en su Patria. 

Lo más triste de todo es el grado de terror que estas prácticas represivas están consiguiendo. En la mejor tradición de las purgas estalinistas de los años treinta, el cantante se ha arrepentido públicamente de haberse tatuado una esvástica. Y es que, si uno no comulga con las ruedas de molino de la manipulación mediática y la sistemática mentira que los "elegidos" han elevado al grado de dogma, uno no puede tatuarse lo que le salga de las gónadas, ni hacer comentarios sobre la población extranjera que invade su Nación. La democracia es lo que tiene. Protege la libertad de opinión siempre que esa opinión no sea contraria a lo dictado como obligatorio por los amos del cotarro.
En España ya estamos acostumbrados al poder creciente de esta fauna inquisitorial. Los mismos jueces que  ignoran la corrupción de los políticos ladrones (valga la redundancia) o legalizan a organizaciones terroristas y liberan a violadores y asesinos, son los que encarcelan a cualquier librero o editor que se atreva a publicar algún libro que no cuente con la aprobación de los sumos sacerdotes de la ortodoxia política.
Hay veces en que la obsesión por agradar y congraciarse con los pontífices de esta dogmática inflexible lleva a los organizadores de eventos públicos a caer en lo grotesco. Un buen ejemplo fue la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos. Aparte de la soporífera y cutre recreación de lo que se supone que era la historia británica, llamaba la atención la exagerada obsesión por mostrar en el más mínimo detalle un multiculturalismo exarcebado. Los comentarios de la locutora española, con esa mezcla de incultura y estupidez tan característica de nuestra casta periodística, contribuyeron a ilustrar, desde una perspectiva choni, la lección de Historia Políticamente Correcta que pretendía ser el asunto.
Lo más chusco llegó al escenificar lo que, según esta comentarista, era una "típica familia británica". Aparece un Mini, del que se bajan una inglesa y un negrito. La inicial confusión lleva a muchos espectadores a hacer comentarios sobre la adopción internacional en la Pérfida Albión o sobre la procedencia africana del jardinero o del chófer. Las dudas quedan despejadas cuando comprobamos que el progenitor y cabeza de familia es negro como un tizón. La típica familia británica, ya saben. 
No sería de extrañar que próximamente nos informen del origen congoleño de la familia Shakespeare, o de la aparición de una tatarabuela nigeriana de Lord Byron. Ya puestos...