lunes, 9 de julio de 2012

Reflexiones antes de la tormenta.

Al ver los esfuerzos que hace el Gobierno por aplicar en España las mismas medidas que han destrozado a Portugal o a Grecia, surge la duda de si esta compulsión por meternos la mano en el bolsillo es innata a cualquier Gobierno de la mojigatocracia parlamentaria u obedece a las órdenes superiores de alguna logia o sanedrín tipo Bilderberg, FMI o similar. Quizá un poco de ambas cosas. 
Cada vez está más claro que los políticos, lacayos de los parásitos financieros anteriormente citados, no tienen ningún empacho en recortar gasto público siempre que no afecte a sus numerosas prebendas, mamandurrias y privilegios. No se duda, por ejemplo, a la hora de negar el agua a los enfermos de los hospitales o de hacernos pagar varias veces las medicinas que consumimos. Pero no se plantean ni de broma reducir el número de coches oficiales, de cargos inútiles o de instituciones absurdas. Se mantienen carísimas estructuras superfluas como el Consejo de Estado, el Senado o la Casa Real mientras se reducen las prestaciones por desempleo. Se siguen prodigando las millonarias subvenciones a partidos políticos, sindicatos pancistas o monipodios autonómicos mientras se suben los impuestos hasta límites confiscatorios. La casta parásita transmite una sensación de urgencia saqueadora ante la inminencia del fin del chollo. Al grito de "agarra el dinero y corre" o "maricón el último", los padres de la Patria parecen ansiosos por rebañar el mísero plato del Presupuesto antes de abandonar el barco.
Por su parte, la Usurocracia internacional está aprovechando esta crisis autoprovocada para consolidar su dominio mundial. Y además con la indiferencia cómplice de quien se debería oponer. Parece como si a la mayoría de la población le pareciera normal y aceptable que se supriman derechos laborales, se deterioren servicios públicos básicos o se arruine a las pequeñas empresas y a los trabajadores a la mayor gloria de los prestamistas y usureros que mantienen ahogada nuestra economía. Unos medios de comunicación dóciles y una opinión pública a medio camino entre lo ovino y lo borrico han obrado el milagro. De momento.
Y es que, por muy anestesiada que el Sistema tenga a la opinión pública, el descrédito del régimen es palpable. Incluso aquellas instituciones protegidas por el tabú de lo intocable, como la monarquía o las taifas autonómicas empiezan a mostrar su auténtico rostro de corrupción y despilfarro. 
Lo que, salvo raras excepciones, mantiene esta apariencia de paz social, no es tanto el conformismo gregario, que también, sino la resignación ante la falta de alternativas. Los partidos políticos, tras revelar cada día su condición de mafias estafadoras, sólo cuentan con el apoyo desconfiado de los partidarios del mal menor o de " lo malo conocido". 
Consciente de este desencanto, la extrema izquierda ya se ha empeñado en la tarea de construir un tejido asociativo que, bajo la apariencia de plataformas perroflautescas estilo 15-M, nos venderá la misma mercancía caducada del odio y el resentimiento marxista más sectario y antinacional.
Ante el inevitable estallido social que producirán las nefastas medidas liberales que están agravando la crisis, la banda anarcomarxista, experta en manipular el odio y el resentimiento de la masa, se está empezando a organizar. 
Ya sabemos, por experiencias históricas recientes, que ese odio y resentimiento no lo dirigirán hacia las estructuras transnacionales del Nuevo Orden Mundial, sino que lo emplearán como combustible de sus sangrientas teorías de lucha de clases. Y sobre todo, en el colmo del cinismo que les caracteriza, harán los habituales aspavientos "antifascistas" que servirán para fomentar el odio del Pueblo hacia la única alternativa capaz de construir una sociedad desde moldes distintos a los capitalistas y marxistas que han demostrado sobradamente su fracaso.
Ante tal estado de cosas, los militantes de las diversas organizaciones nacionales y revolucionarias tenemos el deber moral de articular una red asociativa que coordine la unidad de acción política. Y es que, tras la calma artificial y engañosa del falso conformismo, se avecina una tempestad devastadora.