martes, 18 de septiembre de 2012

Al genocida Carrillo le ha llegado su San Martín.

Entre la deprimente acumulación de malas noticias que conforman nuestra actualidad siempre son de agradecer aquellos sucesos amables que, al menos por un momento, nos hacen sonreir y nos recuerdan que no todo han de ser penas y desgracias.
Que la alimaña responsable del mayor genocidio de nuestra Guerra Civil haya ingresado por fin en el Infierno es un suceso que contribuye a hacernos un poco menos penosa esta cuesta de Septiembre. Ya sabemos que esto no va a devolver la vida a sus miles de víctimas, torturadas en las checas siniestras del Madrid rojo y asesinadas en Paracuellos del Jarama por orden suya, pero hoy tenemos la sensación de que España es un lugar un poco mejor.
Con la desaparición de esta rata, es inevitable acordarse de la caterva de políticos infames que, por maldad o estupidez, colmaron a este asesino de honores y prebendas forjando una infumable "leyenda rosa" que presentaba al marrajo como una especie de sabio y pacífico intelectual, mentor de los esforzados artífices de la llamada Transición. En la memoria de los españoles quedará siempre la imagen del infausto borbón abrazando al genocida comunista. Los halagos vergonzosos, los nombramientos "honoris causa", la adulación infame de todos los beneficiarios del nefasto régimen surgido de la maldita Constitución de 1978, son el vomitivo ejemplo de la desfachatez y falta de escrúpulos de la casta parasitaria que ha arruinado económica y moralmente nuestra Patria.
Conociendo la desvergüenza inherente a nuestros políticos es de suponer que ahora nos espere un hartazgo de homenajes póstumos, condecoraciones post mortem y monumentos y placas en recuerdo del siniestro personaje.
A estas horas de la tarde nos queda la duda de dónde expondrán los despojos del bicho. Lo mismo ponen la capilla ardiente en el Palacio de la Zarzuela y declaran una semana de luto nacional. De esta gentuza podemos esperar cualquier cosa.