jueves, 13 de septiembre de 2012

El desconcierto de los borregos.

En las últimas cuarenta y ocho horas, dos acontecimientos infames han puesto de manifiesto la auténtica cara de un régimen criminal, cobarde y antiespañol. El día 11, el aquelarre separatista en Cataluña. La piara, envalentonada al no tener a nadie enfrente, ha paseado por Barcelona a miles de hijos de la gran puta ante la pasividad cómplice de todos los que tienen el deber de defender la Unidad de España. El Jefe del Estado, más preocupado por sus putas y por los trinques de su corrupta familia, ni está ni se le espera. El Ejército, salvo escasas y honrosas excepciones, sigue siendo esa burocracia castrada y complaciente que hace décadas olvidó que por encima de la disciplina está el honor.

Al día siguiente, como escarnio a las víctimas del separatismo, unos jueces infames, siguiendo el dictado de un Gobierno traidor, ponen en libertad a uno de los más sanguinarios asesinos etarras.  
Ambas cosas ponen de manifiesto lo que les importa a Rajoy y su pandilla la Unidad de España y el dolor de las familias de los asesinados por el separatismo. 
Quizá estos hechos vergonzosos sirvan para abrir los ojos de los millones de españoles que, horrorizados ante los desmanes sectarios de Zapatero y su banda, votaron a la banda rival en la ingenua creencia de que los peperos iban a hacer algo distinto respecto a la insolencia separatista. Hoy, los votantes del Pepé, como muchos del  Pesoe, son un rebaño de borregos desorientados y confusos ante la inconsciencia de un pastor que, tras encerrar a los mastines,  los entrega a las fauces de los lobos.
Los distintos "mass mierda" del liberalismo cacarean sus torpes argumentos culpando al Estatuto catalán, aprobado en la época zapaterina, del actual auge secesionista. Una vez más, estos voceros del salvajismo económico, mienten. 
Los que llevamos más de tres décadas advirtiendo de que el separatismo, como el resto de problemas de España, no es cuestión de partido ni de Gobierno sino de Sistema, hoy vemos cómo, lamentablemente, el tiempo nos ha dado la razón. 
Es la nefasta Constitución de 1978, fruto del engaño y la traición, y el estúpido régimen surgido a su amparo, los que han entronizado a una casta parasitaria que ha llevado a la ruina económica y moral a España. Buscar remedio a los males de nuestra Patria en esta misma Constitución es un absurdo que sólo se explica por el afán de la casta parasitaria y traidora en mantener sus privilegios.
Llegados a este punto, hay que gritar en el duro oído de los aborregados y desconcertados españoles que la rebelión no es sólo un derecho. Es una obligación y una necesidad.