martes, 25 de septiembre de 2012

El egoísmo y la náusea.

Esa mezcla envenenada de estupidez, malevolencia, latrocinio y falsedad llamada democracia parlamentaria empieza a dar los frutos que algunos predijimos hace más de treinta años. El mismo rebaño acomodaticio, miope y envilecido que hasta anteayer repetía como un loro las consignas dictadas por los "mass mierda" (éste es el menos malo de los sistemas posibles, el rey es una figura moderadora, el sistema que nos hemos dado, etc...) ahora empieza a darse cuenta de que le han tomado el pelo. De que la casta parasitaria formada por políticos, banqueros y periodistas en nómina no tiene ningún escrúpulo en recortar derechos básicos de los españoles con tal de mantener sus mamandurrias, privilegios y prebendas. De que todo este invento del Estado de las Autonomías no es más que una tramoya indecente para justificar el saqueo indiscriminado del erario por parte de una nutrida banda de sinvergüenzas y, lo que es peor, para engordar a la piara separatista, a punto de ganar el combate por incomparecencia del adversario. De que el Jefe del Estado, lejos de ser esa figura ejemplar que nos habían vendido, no es más que el cabecilla de una banda de parásitos y ladrones.
Cabría esperar, en principio, que este descubrimiento de la auténtica naturaleza del Sistema político produjera una rebelión generalizada para acabar con el mismo. Pues ni de coña. Y es que el principal puntal que sostiene este Sistema es el papanatismo egoísta que décadas de democracia han inoculado en el pueblo español. Al españolito de a pie lo han condicionado, cual mascota pavloviana, para que sólo proteste cuando están en juego directamente sus intereses inmediatos.Y, por supuesto, de forma controlada y políticamente correcta.
Las archimanipuladas y controladas protestas "ciudadanas" de estos días no son, salvo las gloriosas excepciones fascistas censuradas por los medios, un clamor contra, por ejemplo, la inmigración excesiva y descontrolada que colapsa la Sanidad, precariza nuestro mercado laboral y acapara las ayudas sociales. O contra los sindicatos mamporreros más interesados en mantener sus prebendas y su nutrida cabaña de liberados que en defender a los trabajadores. O contra el absurdo y criminal Estado de las Autonomías.
El miedo a ser señalado con alguna de las "palabras estigma" del dogma políticamente correcto (racista, xenófobo, homófobo, machista, etc...) hace que incluso las protestas presuntamente "antisistema" estén teñidas de la hipocresía farisea del Pensamiento Único.
Si a este papanatismo sumamos el egoísmo inherente a la sociedad de consumo, el resultado es la proliferación de huelgas y protestas de sectores concretos para defender, a veces de forma mezquina, sus intereses particulares. En este juego todo vale. Si, debido al carácter estratégico de determinado sector, se pueden  utilizar de rehenes a los demás trabajadores para defender determinados privilegios, no hay la más mínima duda  en hacerlo: las huelgas de conductores de Metro, de autobuses, controladores aéreos o pilotos comerciales son el ejemplo más gráfico de esta falta de escrúpulos.
El sistema puede descansar tranquilo mientras que, en lugar de combatir contra las causas, nos dediquemos a protestar contra las consecuencias. Y es que la democracia nos ha convertido en perros que, ante el picor producido por los parásitos, en lugar de pedir la desaparición de las pulgas, sólo exigimos que nos rasquen más.