domingo, 9 de septiembre de 2012

Eurovegas y políticos. El Gran Carnaval.

Si el comportamiento de nuestros políticos pudiera inspirar algo distinto al asco, posiblemente el sentimiento asociado a la pugna entre la taifa de Madrid y la de Cataluña por la instalación de la macrotimba Eurovegas sería algo muy parecido a la vergüenza ajena.
Durante meses, los cabecillas autonómicos han rivalizado en servilismo, mendacidad y garrulería para halagar al magnate hebreo propietario del supergarito. Al final, han dado rango de cuestión de Estado a la decisión del gran capo  sobre la ubicación de su negocio. Como es tradicional en estos ambientes,  es de suponer que detrás del entusiasmo para proclamar las bondades del gran casino habrá habido alguna de esas ofertas "que no se pueden rechazar" (don Vito Corleone dixit).
Estas cosas, en el fondo, siempre vienen bien para desviar la atención sobre la agonía del Sistema y para, lateralmente, justificar alguno de los cotidianos desaguisados contra nuestros derechos y nuestro bolsillo. Mientras escuchan a las diversas jaulas de grillos de tertulianos en nómina discutir sobre los millones de puestos de trabajo que generará el macroputiferio, los sufridos y gregarizados españolitos se olvidan por un momento de la subida del IVA o de la factura del gas. O de los macrosueldos de los políticos que les exigen sacrificios. 
Al final, los únicos beneficiarios del proyecto, aparte de los políticos generosamente comisionados por el   padrino judeoyanqui, serán los panchitos que trabajarán de camareros a precio de saldo, los albanokosovares y similares que se dedicarán a reclamar deudas de juego con la delicadeza que les caracteriza y las multiculturales putas, chulos y camellos que darán colorido al asunto. Como mucho, algún sobrino o cuñado de concejal será contratado como croupier por aquello del qué dirán y para que salga algún español en la foto.
Con todo, lo más bochornoso ha sido ver el comportamiento de los políticos de uno y otro signo ante el asunto. Como siempre, la cosa es de traca. 
Por un lado, los peperos, entusiasmados por la previsible victoria de su idolatrada adalid en la pugna casinera, se han olvidado de su tradicional mojigatería y proclaman con entusiamo las innumerables ventajas del pecado y el vicio para acabar con el paro en Madrid.
Pero quizá lo mejor sea contemplar a los sociatas, habituales defensores del aborto, del orgullo gay y demás degeneraciones intrínsecas a la dogmática progre, calzarse de repente el disfraz de escrupulosos defensores de la moral pública y poner mohínes de solterona escandalizada ante la instalación del macrocasino. 
Si no inspirasen ideas de garrote y horca, daría bastante risa escuchar las diatribas de estos saqueadores de nuestras arcas contra lo pernicioso del juego o las campanudas críticas contra el incremento de la prostitución de los habituales clientes de puticlub pagado con la VISA del Ayuntamiento.
Cada vez es más difícil establecer cuál de los dos grupos es más hipócrita, mentiroso y sinvergüenza.