lunes, 15 de octubre de 2012

De fuera vendrán...

Según el Instituto Nacional de Estadística, el número de españoles que han abandonado España en busca de un empleo ha crecido un 21.6% en los últimos meses. Para maquillar debidamente este dato según el dogma de lo políticamente correcto, el INE mezcla esta cifra con la de los extranjeros que han regresado (¡por fin!) a su país de origen. 

Pero por mucho maquillaje y confusión que el papanatismo biempensante quiera introducir, el drama social no se puede ocultar: España está perdiendo a miles de sus trabajadores más cualificados. La mayoría de españoles que se ven obligados a abandonar su Patria en busca de un porvenir mejor son licenciados universitarios o profesionales cualificados. Y mientras España pierde este valioso capital humano, nuestro mercado laboral se ve cada vez más degradado por la avalancha de inmigrantes analfabetos que copan aquellos puestos de trabajo que tradicionalmente constituían una salida para los trabajadores españoles menos cualificados.
 Todo este aluvión hay que agradecérselo a las políticas de inmigración de la época de Aznar, en la que con la importación masiva de mano de obra barata en el más puro estilo liberal, se pretendía aumentar la competitividad de nuestra economía. A base, como siempre, de bajar los salarios.
Los trabajadores españoles vieron como, de pronto, por cada español que aspiraba a cubrir un puesto de trabajo en la construcción o en la hostelería, había veinte extranjeros dispuestos a ocupar el mismo puesto a cambio de un salario ridículo.
Con la llegada del zapaterismo la cosa, lejos de mejorar, empeoró. La izquierda española, más preocupada desde siempre en destruir cualquier atisbo de espiritualidad y grandeza que de defender los intereses de los trabajadores, no sólo no denunció el fenómeno sino que lo fomentó. Papeles para todos. 
Que la derecha esté a favor de la inmigración, aunque repugnante, es comprensible. Al fin y al cabo, los demócratas liberales ven toda la realidad nacional con ojos de explotador, especulador o usurero. En clave económica, que se dice ahora.
Pero que la izquierda, que intenta monopolizar conceptos como la Justicia Social o la defensa del obrero, aunque sea con el resentimiento marxista de la lucha de clases, aplauda una invasión que perjudica gravemente a los españoles más desfavorecidos, es la más clara muestra de cinismo y vileza. A los muy subvencionados "representantes" de los trabajadores no les preocupa que los inmigrantes acaparen las cada vez más escasas ayudas sociales. 
Incluso en las más políticamente correctas y manipuladas "protestas populares" que los habituales perroflautas, antifas y demás mamporreros del Sistema organizan cada cierto tiempo, nunca falta la demagogia multicultural y globalizadora. 
El colmo de lo grotesco en esta marea proinvasión ha sido la masiva presencia de extranjeros en la reciente manifestación del separatismo catalán. Junto a la habitual piara hijoputesca desfilaba una abigarrada muchedumbre multicolor que hubiera hecho las delicias de cualquier aficionado al circo. Hindúes, moros, panchitos, zulúes y hasta judíos exhibían con entusiasmo el odio hacia el país que les ha acogido. La globalización apoyando al aldeanismo. Las dos caras sucias de la misma moneda multicultural y antiespañola.