martes, 9 de octubre de 2012

La Bandera en las ruinas.

A veces es inevitable reflexionar sobre si merece la pena seguir luchando por una Nación cuyo Pueblo ha alcanzado tales cotas de indignidad y cobardía. Un Pueblo aborregado que acepta sumisamente el insulto de los secesionistas sin disparar un tiro. O la invasión de más de siete millones de extranjeros en su suelo sin atreverse a protestar por el miedo a los sambenitos fariseos de la inquisición políticamente correcta (Aunque los de fuera se coman nuestro pan, que nadie nos llame "racistas" o "xenófobos", nuevas palabras mágicas para decretar la marginación y el ostracismo como escarmiento a los díscolos).
  
Un Pueblo al que le roban el Pan, le rompen la Patria y le escamotean la Justicia y, sin embargo, no protesta.     Y, si lo hace, es siguiendo escrupulosamente las instrucciones de las bandas de extrema izquierda, pagadas por el Sistema para pastorear unas manifestaciones de cartón-piedra. Unas manifestaciones políticamente correctas que piden, en el fondo, más de lo mismo.
Más democracia, más constitución, más multiculturalismo...más mierda. 
A veces, para disimular, azuzan a sus matones contra la Policía para que así destaque positivamente la actitud cobardona y gregaria de la mayoría de borregos canónicamente "indignados". Naturalmente, la impunidad de estas bandas de la porra está pactada con anterioridad. Benévolos y fotogénicos jueces progres ponen sin problemas en la calle a los energúmenos en nómina hasta la próxima vez en que sean requeridos sus servicios.  
Aunque parezca increíble, lo que no consiguieron los turcos en Lepanto, los herejes en Flandes, o los comunistas en el Ebro, lo han conseguido un puñado de burócratas, especuladores y usureros: convertir España en un rebaño dócil sin orgullo ni identidad. 
Ni siquiera en épocas especialmente decadentes e infames de nuestra Historia, como la siniestra Segunda República, habíamos alcanzado el actual grado de vileza.
Los que, en esta hora de los enanos, luchamos para que esta ola de mediocridad y degeneración no anegue nuestra Historia, nuestra Cultura y nuestra Raza, no sólo somos arrinconados en la marginalidad y la incomprensión sino que, gracias al formidable aparato de propaganda mediática, encarnamos todos los males sin mezcla de bien alguno. Hasta la palabra "Fascista" se ha convertido en un sinónimo de todo lo negativo.
 La tentación de confundirse con la piara, comulgar con las democráticas ruedas de molino y dejar que esta España emputecida desaparezca definitivamente en las cloacas de la Historia es, a veces, difícil de resistir. Y, sin embargo...
No olvidamos a aquéllos que, en épocas similares de decadencia, se convirtieron en las gloriosas excepciones de dignidad y valor que no dejaron confirmarse la regla de la mediocridad y la cobardía. Aquellos que, en el Fuerte de Baler, en el Alcázar de Toledo o en las estepas rusas, supieron, con la única ayuda de su orgullo y sus cojones, mantener firme la Bandera Nacional sobre las ruinas.