jueves, 25 de octubre de 2012

Telefonía multicultural


Ayer tuve la mala idea de llamar al teléfono de atención al cliente de mi proveedor de telefonía móvil para preguntarles si podrían igualar o mejorar una oferta que me había hecho otra compañía. Nunca lo hiciera. La operadora, con un cerrado acento del Altiplano andino, logró por fin entender lo que le decía y quedó en enviarme por correo electrónico su oferta, consistente en cobrarme cien machacantes para anular mi "permanencia", más otra pasta gansa por un móvil nuevo. Se supone que para que yo pudiera decidir si aceptaba esa maravillosa oferta o no.
Para mi sorpresa, hoy recibo un correo electrónico en el que se me "confirma" que he aceptado dicha oferta y que me cobrarán esas cantidades en mi próxima factura.
Mientras dedicaba un efusivo recuerdo a los sacamantecas de la telefonía móvil y a la puta que los parió a todos, he llamado de nuevo a Atención al Cliente.
He tenido que contarles sucesivamente a otras dos telefonistas que yo en ningún momento he aceptado ninguna oferta. Que sólo quería que me informasen para poder decidir. 
Cuando he pretendido hacerle entender esto a la primera operadora, me ha salido con no se qué historia del programa de puntos. Le he jurado por lo más sagrado que mi llamada no tenía nada que ver con el dichoso programa de puntos ni con quien lo trujo. Palabrita de Viracocha. Que yo quería simplemente señalar la total falsedad de lo que afirmaba el correo que me han enviado y que lo anulasen para evitar problemas.
Por fin he conseguido que me pasasen con un presunto "departamento de reclamasiones". A pesar de que la señorita mapuche me ha tenido esperando más de diez minutos para, según ella, tomar nota de mi reclamación y pasarle esta información a su congénere del otro departamento, he tenido que volver a repetirle todo a la segunda operadora, de similares entendederas que la anterior. 
Supongo que esto de tener que repetir todo el rollo forma parte de algún rito ancestral (son sus costumbres y hay que respetarlas) en esos lugares ignotos en los que las compañías de telefonía ubican sus centrales de información para ahorrar costes. 
En cualquier caso, y tras cagarme en los muertos más frescos de los accionistas y directivos de la compañía en cuestión, parece que por fin  he conseguido hacerle entender a mi exótica interlocutora el meollo del problema. 
La solución, según me ha dicho, consiste en esperar a que en la próxima factura saqueen mi cuenta bancaria y protestar después. 
He colgado con la sensación de que no me han resuelto nada, aunque , eso sí, he pasado una mañana muy entretenida y he tenido la oportunidad de conocer otras culturas gracias a la telefonía móvil.