lunes, 3 de diciembre de 2012

Mustafá y el Misterio de la Ley Suprema.

Cuando Mustafá regresó a su ciudad natal tras un largo viaje, le costó reconocerla. La próspera y ordenada urbe que había dejado al partir se había convertido en un mísero villorrio en el que ladrones y asesinos campaban por sus respetos. Los distintos barrios que antes convivían en armonía estaban enfrentados entre sí. Algunos incluso habían levantado su propia bandera y reclamaban la independencia respecto de la autoridad del Califa.
Mustafá preguntó a un anciano que buscaba comida entre la basura, qué es lo que había ocurrido para que todo hubiera cambiado tanto. Éste le respondió:

- Tras la muerte del anterior Califa, el nuevo Comendador de los Creyentes abolió las viejas leyes que había jurado obedecer y proclamó que, a partir de ese momento, una nueva era de fraternidad y felicidad comenzaba en nuestra ciudad. Ordenó derribar todos los monumentos en honor al viejo Califa. Hizo publicar bandos aborreciendo la memoria del anciano que lo había nombrado sucesor y encarceló a cuantos se negaron a proclamar la dicha de ser por fin libres.
Los mismos muslimes que habían obtenido grandes privilegios durante su reinado fueron los primeros en renegar de sus anteriores halagos y juraron públicamente que, cuando recibían en las mezquitas al viejo Califa arrojándole pétalos de rosas y besando sus pies, lo hacían en realidad coaccionados por el terror. Se supone que era el mismo terror que los obligaba a aceptar joyas y ofrendas en sus madrasas.
Los cadíes y emires que habían medrado a la sombra del viejo soberano se apresuraron a proclamar la necesidad de una nueva Ley Suprema. A los primeros que convocaron para elaborarla fue a los bandidos y asesinos que el viejo Califa había vencido en su juventud. Éstos, cuando salieron de las cuevas en las que habían permanecido escondidos desde que fueron derrotados, lo primero que exigieron fueron grandes prebendas y riquezas a las que tenían derecho como libertadores del pueblo.
El pueblo, recién informado de que el viejo Califa lo tenía esclavizado, aplaudió con entusiasmo la nueva Ley Suprema que creaba innumerables cargos, puestos y honores para las bandas de ladrones.
Para que los ladrones y sus amigos pudieran vivir con la holgura que, según ellos mismos, les correspondía como abanderados de la libertad, se subieron exageradamente los impuestos. Muchos ciudadanos perdieron sus casas y sus trabajos. Los negocios se arruinaron. Hubo que cerrar escuelas y hospitales para que los ladrones pudieran seguir manteniendo sus palacios y riquezas. Cuando alguno de estos ladrones y usureros veía reducirse el beneficio de sus negocios, se aprobaron nuevos impuestos y gravámenes mediante normas a las que se llamó "Leyes de Rescate". Esta miseria que contemplas es, oh joven Mustafá, el resultado de esa rapiña.
- ¿Y qué es aquella muchedumbre que entona cánticos y alabanzas frente al palacio del gobierno?
- Es que hoy es 6 de Diciembre, una festividad memorable. El pueblo celebra con alborozo el aniversario de la promulgación de la Ley Suprema. Una ley que, según las bandas de ladrones, nos hemos dado a nosotros mismos.
- ¿Y cómo explicas, oh noble anciano, que el pueblo festeje la proclamación de la misma Ley que lo ha arruinado?
- Ése, oh joven Mustafá, es un misterio que ni siquiera la sabiduría del Profeta puede penetrar. Algún hombre sabio sostiene que este pueblo, en el fondo, merece esta miseria y decadencia por su estupidez y cobardía. Pero ésas son cuestiones que escapan a la inteligencia de un pobre anciano como yo.


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