miércoles, 23 de enero de 2013

Mentiras, democracia y asesinatos.

Siempre me ha parecido fascinante la capacidad de los demócratas para proclamar sin sonrojo los mayores embustes como si citaran la más incuestionables de las verdades reveladas. Los voceros habituales del dogma políticamente correcto exponen, como afirmaciones obvias que no necesitaran mayor explicación, los más burdos tópicos y tergiversaciones. Están acostumbrados, además,  a que nadie ose contradecirlos so pena de parecer un patán inculto o, lo que es mucho peor, un fascista.

Una de esas mentiras consuetudinarias consiste en identificar al liberalismo con la paz, la convivencia y la armonía frente a las malvadas ideologías contrarias, que son crueles y violentas a más no poder.
Vamos a ver. El liberalismo, es decir, la hegemonía de los valores burgueses y mercantiles sobre los  principios aristocráticos de la tradición europea, se impone, en la Revolución Francesa, mediante el terror provocado por la más sanguinaria represión política conocida hasta ese momento. Son los miles de asesinados en la guillotina y no las proclamas "ilustradas", los que consolidan la exitosa farsa de la Egalité, Liberté y Fraternité.
El relativismo moral, defendido tanto por marxistas como por capitalistas, hace que al ejercer la violencia se renuncie a cualquier consideración ética y prevalezca solamente el utilitarismo más cínico. 
El ejemplo más palpable de esta actitud farisaica se puede contemplar analizando la forma de actuar de los ejércitos liberalcapitalistas en los conflictos bélicos diseñados y provocados por sus oligarquías financieras desde la Segunda Guerra Mundial hasta el presente.  
Los defensores del pacifismo más ñoño son los que cometen los mayores crímenes de guerra y las peores violaciones de esos mismos "derechos humanos" que les sirven como coartada y pretexto para la agresión a cualquier nación que se oponga a sus planes globalizadores. 
Crímenes como los bombardeos de la población civil de Dresde, Hamburgo o Hiroshima, los asesinatos de líderes políticos díscolos como Mussolini, Sadam Hussein o Ghadafi, o la brutal represión y tortura en los campos de concentración y cárceles secretas de la CIA y el Mossad, son ejecutados sin pestañear por los arcangélicos defensores de la libertad y la convivencia pacífica.
En España no hemos sido ajenos a la violencia hipócrita de los demócratas. La llamada Transición, que la propaganda oficial presenta como modélica y pacífica, parte de un crimen de Estado planificado en los sanedrines de los servicios secretos yanquis: el asesinato del Almirante Carrero Blanco.
 A lo largo de ese período vergonzoso, se sigue recurriendo a la violencia de forma sistemática para ir consolidando los objetivos políticos del plan tramado. No tienen empacho en asesinar al líder de un partido político que se estaba consolidando como una alternativa juvenil y revolucionaria frente al nuevo régimen. Con el asesinato de Juan Ignacio y la brutal persecución de sus seguidores, los nuevos prebostes dejan clara la calaña moral en que se basa su democracia parlamentaria.
Cuando para cumplir los objetivos previstos se hace necesario legalizar al Partido Comunista, de infausta memoria para la mayoría de la población, la operación consiste en convertir en mártires a unos abogados marxistas, ejecutados en una trama nunca aclarada que, además, sirve para demonizar un poco más a la temida "ultraderecha". El victimismo, como bien saben los propagandistas del Pueblo Elegido, es uno de los más rentables instrumentos de manipulación política.  
Tampoco dudan en acudir, como sus hermanos mayores del otro lado del Atlántico, a los atentados de falsa bandera para acelerar el proceso de degeneración nacional. El 11-M, a pesar de la burda versión oficial y de la chapuza flagrante en su ejecución, sigue y seguirá sin investigarse.
Por eso, cada vez que el típico giliprogre biempensante me sale con lo de la "transición-pacífica" y lo del "sistema-que-todos-los-españoles-nos-hemos-dado", me asalta la duda entre descojonarme en su cara o mandarlo a tomar por culo. Al gilipollas.