lunes, 11 de marzo de 2013

11-M. La farsa obscena.

Cuando se cumplen nueve años de los atentados del 11-M, es difícil decidir qué es más indignante: la burda y chapucera versión oficial que, con una instrucción judicial que hubiera avergonzado a un juez mejicano o senegalés, muestra nítidamente el concepto que la casta dominante tiene de la inteligencia de los españoles o la desvergonzada utilización de este crimen por parte de los políticos. 

Hoy asistiremos a la obscena escenificación de todos los años. Podremos ver las consabidas lágrimas de cocodrilo de políticos corruptos (valga la redundancia), sindicalistas de panza y prebenda, actores marxistas y millonarios y demás purrela democrática. Todo ello aderezado con la cursi, edulcorada y políticamente correctísima puesta en escena habitual, a medio camino entre la sensiblería y el esperpento. 
Quizá lo más vomitivo sea comprobar la connivencia cómplice de los partidos políticos y su tácito acuerdo de no investigar lo que pasó. Se supone que tenemos que tragarnos que el autor de la masacre fue un moro chivato de la policía y algunos colegas oportunamente suicidados.
El único indicio para enchironar al morito fue, según parece, el testimonio (generosamente recompensado) de unas rumanas que dijeron haberlo visto en uno de los trenes. A pesar de haber quedado patente que se manipularon pruebas y se mintió descaradamente en el juicio, seguimos sin saber (aunque lo sospechemos) quién organizó la cosa. 
Nueve años después siguen sin explicarnos la prisa histérica por destruir las pruebas desmantelando los trenes, la chapuza infumable al analizar las muestras de explosivo o la firme determinación de peperos y socialistas para ocultar lo que pasó. Hay silencios que son un clamoroso grito acusador.
Frente a tanta hipocresía y vileza, los que no pasamos por el aro de lo políticamente correcto, los que no nos tragamos los embustes demócratas y hace mucho tiempo que dejamos de creer en los campechanos reyes magos, en el hombre del saco, en Peter Pan o en Anna Frank, somos la única garantía de que la sangre de los inocentes no caerá en el olvido y, junto a la de Juan Ignacio, a la del Almirante Carrero y a la del resto de víctimas de la "ejemplar democracia española", será vengada algún día.