viernes, 1 de marzo de 2013

Sólo era un niño blanco.

Aaron Dugmore tenía nueve años. Se quitó la vida porque no podía soportar el acoso de sus compañeros de colegio. Diríase el típico caso de acoso escolar que suele abrir de vez en cuando los telediarios. Y sin embargo ninguna de las cadenas de televisión que diariamente nos intoxican y manipulan con su sensacionalismo dedicó un solo minuto a la muerte de Aaron. Y es que da la casualidad de que Aaron era un chaval blanco en un barrio dominado por inmigrantes. Uno de esos barrios europeos cada vez más numerosos en los que ser blanco es un factor de riesgo.

Aaron era acosado por ser blanco. A sus nueve años sabía muy bien lo que era sentirse extranjero en su patria. Sabía lo que era ser insultado y humillado en la tierra de sus antepasados por especímenes venidos de fuera de Europa.  
Pero los culpables de la muerte de Aaron no son solamente los pandilleros moros, negros o indios que lo amenazaban y humillaban. Los verdaderos culpables se ocultan en las mismas covachas y sanedrines que han impuesto ahora la consigna del silencio. Los auténticos asesinos del pequeño Aaron son esos profesores de la caterva progre que intoxican las mentes de nuestros escolares con sus "educaciones para la ciudadanía" y demás basura conceptual. Son esos acomplejados voceros del multiculturalismo que equiparan una Ópera de Mozart o un concierto de Falla con el aporreo de un tam-tam africano o con los silbidos de una flauta amerindia. Los que hacen que niños españoles, ingleses, alemanes o italianos se sientan avergonzados de ser blancos, europeos y heterosexuales. Son los guionistas de esas teleseries en las que siempre el negro, el judío o el marica son personajes inteligentes y simpáticos mientras que la familia normal,  lo que la cursilería progre denomina "familia tradicional", es presentada como algo anacrónico o antipático. Son esos publicistas políticamente correctos que para anunciar algún producto infantil siempre muestran una heterogénea mezcla multicultural de bebés negros, chinos o moros en las que, ocasionalmente, aparece algún niño blanco. Son los estebanibarras y demás sabandijas subvencionadas que hubieran chillado histéricamente si Aaron hubiera sido negro.
Son los periodistas mendaces que silencian su muerte. 
Los obedientes plumíferos que hubieran dedicado horas enteras de reportajes a esta muerte si Aaron, en lugar de una víctima del racismo antiblanco políticamente correcto, hubiera sido un violador negro apaleado por malvados neonazis, o una niña mora "discriminada" porque en su colegio no le permiten ir con burka. 
 Pero Aaron era blanco y la consigna judeoprogre es silenciar su muerte como se silencian las de los granjeros blancos asesinados en Sudáfrica por hordas de negros o como se silencian las violaciones de españolas por marroquíes o por sudamericanos. Son crímenes realmente molestos para el rebaño amanerado y buenista de esa izquierda-caviar que desde hace décadas es el árbitro inapelable de la corrección política.
La piara hipócrita que condena el racismo excepto cuando se trata de racismo antiblanco. Los hijos de puta.