miércoles, 10 de abril de 2013

Los Bardem o la oligarquía de lo mediocre.

Hace tiempo que hice firme propósito de no gastarme un solo euro en esa mezcla de adoctrinamiento progre, chabacanería y cutrez que suele ser el cine español. Entre otras cosas porque creo que, ya que lo  financio con mis impuestos, lo menos que podría hacer la subvencionada casta parasitaria que lleva el chiringuito es dejarme pasar gratis al cine. Aunque, teniendo en cuenta lo soporífero y previsible de las películas perpetradas al amparo del erario, creo que tendrían que pagarme para que aguantase la sesión completa (paga doble si es de Almodóvar).
Por eso no he ido a ver la última deposición bardemita que, según me cuentan algunos amigos incautos que han pasado por taquilla, es la enésima variación sobre la habitual salmodia biempensante: el multiculturalismo es chachi y sentimientos como el patriotismo y el amor a tus raíces son cosa de fachas y de neonazis-que-quieren-gasear-a-seis-millones-de-judíos. Lo de siempre. 
Al parecer el malo malísimo no es esta vez el falangista chulesco y mala persona, el militar sádico  o el cura  pederasta que oprime a arcangélicos rojos en la guerra civil o en la postguerra. El malvado es ahora por lo  visto un skinhead o, al menos, lo que por tal cosa entiende la ortodoxia políticamente correcta, es decir, la suma personificada de todos los males sin mezcla de bien alguno. 
La cosa consiste en transmitir la idea de que lo realmente nocivo para nuestra sociedad no son los políticos corruptos, los banqueros rapaces o los monarcas felones (valgan todas las redundancias), sino los peligrosísimos skinheads que se atreven a defender cosas como la prioridad nacional o el apego a nuestra raza y a nuestra cultura, los muy xenófobos. 
En cualquier caso, miedo sí que debe dar el personaje porque, otra cosa no, pero caras de malos tienen un rato los Bardem. Sobre todo la matriarca del clan, que es la que más grima da. 
Que, por cierto, ha estado malita hace poco y, en un alarde de ética proletaria, acorde con su esforzada militancia comunista, el hijo de la anciana dama marxista le ha evitado a su madre el esfuerzo de ir volando en su escoba y ha fletado un avión privado para que la atiendan en una de las clínicas privadas más elitistas. Y pensar que todavía hay envidiosos que hacen demagogia con esta insignificante anécdota. O con ese otro pequeño detalle de haber solicitado un ERE para dejar sin indemnización a los trabajadores de uno de sus negocios. 
Y es que todavía hay algunos intolerantes que no comprenden que el antiamericanismo militante de los Bardem no tiene por qué ser óbice para, por poner un ejemplo, lamer del modo más abyecto el culo del sanedrín hollywoodiense que reparte los Óscar. Y es que las mentalidades retrógradas y fascistoides no comprenden, en su simpleza, la complejidad de las contradicciones intrínsecas a la personalidad de estos genios del celuloide subvencionado. 
No comprenden que los Bardem son algo más que una banda de prepotentes trincones: son el paradigma hecho carne de los valores dominantes en nuestra democrática, progresista y mediocre sociedad. Los Bardem son el modelo a seguir por la juventud española y son dignos de la máxima consideración y prestigio social por su buenrollismo y tolerancia. Y quien lo niegue merece ser fusilado o torturado en una checa por fascista y por españolazo.