sábado, 15 de junio de 2013

Cucarachas.

Por alguna extraña razón, los bichos asquerosos (dicho sea sin ánimo de señalar) están resultando últimamente muy socorridos para tener entretenido al personal a la hora de leer el periódico. Si hace unos días, la FAO nos recomendaba comer insectos, ahora la noticia estrella es el invento de unos notas para teledirigir a las cucarachas desde un smartphone.
 Por lo visto, la cosa consiste en acoplarle una especie de mochila electrónica a la cucaracha para que el bicho vaya para un lado u otro mediante impulsos enviados desde un teléfono móvil. Naturalmente, todas las Asociaciones de Amigos de las Cucarachas, Colectivos Libertarios por la Mugre y demás oenegés cucaracheras han puesto el grito en el cielo a pesar de que los sesudos inventores han asegurado que la mochilización se hace con anestesia.
 Se rumorea incluso que las alegres colipoterras de Femen han encargado un estudio sobre las tendencias sexuales de las cucarachas tuneadas. Se estarían planteando una jornada de tetas caídas en solidaridad con las cucarachas homosexuales. Lo normal en estos casos.   
Independientemente de su exactitud metafórica para definir las relaciones entre los poderes financieros y los políticos, la verdad es que sigo sin verle la utilidad a esto de teledirigir cucarachas. Supongo que al final sacarán alguna aplicación para el móvil con la que podamos fastidiar a los vecinos que nos caigan gordos llenándoles la casa de simpáticos ortópteros. 
O quizá se trate de una investigación encargada por el Ejército de Usrael para, en la mejor tradición hebraica, provocar plagas en países reacios a doblar la cerviz ante el Nuevo Orden Mundial. Cualquiera sabe.
En cualquier caso, al hablar de cucarachas y gilipolleces, es inevitable, por asociación de ideas, acordarse de nuestro sabio Gobierno, del impávido Presidente del mismo, de la rehala de Ministros y de la puta que los parió a todos. La última perla la ha expelido la Ministra de Sanidad diciendo que los españoles comemos demasiado. Y que nos movemos poco. 
Cuando miles de compatriotas se ven obligados a buscar su comida en los cubos de basura o a acudir a los comedores de Cáritas por si los inmigrantes han dejado alguna sobra, se me ocurren múltiples formas de hacer ejercicio para acabar con el sedentarismo que sabiamente denuncia la perspicaz ministra. Pero creo que ninguna sería legal. Y menos ahora, cuando maltratar cucarachas está tan mal visto.