martes, 22 de octubre de 2013

Ignominia.

Cuando parecía que el hatajo de peleles traidores que conocemos como Gobierno de España no podía caer más bajo, ha conseguido batir un nuevo récord de ignominia y vergüenza. A los jueces de la Audiencia Nacional, como fieles lacayos que son de los poderes transnacionales, les ha faltado tiempo para soltar a una de las asesinas más sanguinarias de la banda separatista. 



Desde que llegaron al poder aupados por los millones de votos de los españoles hartos de la demagogia progre, Rajoy y sus mariachis han completado a conciencia la labor de desintegración nacional., ruina económica y corrupción generalizada que fomentó Zapatero, pero que tiene su origen en la llamada Transición. 
En lo económico, han aprovechado la crisis creada por los banqueros para eliminar derechos sociales y convertir definitivamente nuestra economía en el cortijo neocon del liberalismo más salvaje. Miles de familias españolas malviven en la precariedad y la miseria por culpa de una casta política corrompida hasta la médula desde el monarca hasta el último concejal. Por primera vez desde el final de la Guerra Civil, una generación de españoles va a vivir peor que la anterior. 
Pero lo que la Historia recordará de la piara democrática que se aupó al poder con la Transición, será su concienzuda labor de destrucción de la unidad de España. Desde 1978 hasta ahora, todos, absolutamente todos, los gobiernos que ha padecido España han lamido servilmente las botas del separatismo catalán y vasco. Posiblemente no exista un síntoma más claro de la decadencia de una Nación que esta pulsión suicida que la democracia parlamentaria ha convertido en su más característica seña de identidad.  
La vergonzosa claudicación de hoy por parte de unos jueces lamelibranquios y cobardes, ante la imposición de las logias de Estrasburgo, soltando a la alimaña etarra no es un hecho aislado. Es, simplemente, un hito más en el camino suicida y vergonzoso de una casta política vendida a los manejos de los poderes financieros internacionales del llamado Nuevo Orden Mundial. Y a estos poderes les interesa una España rota y débil. No es casual que el primer Estado en apoyar recientemente el manifiesto separatista en Cataluña haya sido precisamente el Estado sionista de Israel. 
Ante la pasividad cómplice de un Ejército castrado, unos jueces títeres y unos políticos venales, a los españoles de bien no nos va a quedar más remedio que defender de forma directa y contundente  lo que debería defender el Estado: nuestro derecho sagrado a una Patria unida, fuerte y justa. La memoria de los cientos de españoles asesinados por el separatismo no permite tibiezas. 
Aunque sólo sea para que, cuando todo se vaya definitivamente a la mierda, podamos mirar a los ojos a nuestros hijos y decirles: al menos yo lo intenté.