lunes, 7 de octubre de 2013

Marranadas.

No, aunque el título pueda inducir a error, no voy a hablar de televisión. Ni de cine español. Tampoco de las actividades de las alegres colipoterras de Femen. Ni de la tradicional alergia al jabón de los orcos "antifas". Aunque todos estos temas pudieran encajar en el porcino enunciado, en esta entrada voy a referirme a los que, en nuestro Siglo de Oro, eran llamados popularmente "marranos", a saber, aquellos judíos que para eludir el higiénico decreto de expulsión de los Reyes Católicos, fingieron convertirse al Cristianismo aunque, en el fondo, mantenían su odio a los cristianos. Esta denominación se acabó extendiendo a todos los miembros del llamado por la Iglesia hasta hace muy poco "Pueblo deicida".
Hoy estos "marranos", ya casi sin disimulos, hacen valer su hegemonía económica mundial y, en el caso de España su revanchismo rencoroso, para manejar como marionetas a los políticos de nuestra ejemplar cleptocracia parlamentaria. 
Aunque todos los partidos del arco parlamentario les rinden pleitesía, quizá el más servil y complaciente de sus lacayos sea el Ministro Gallardón que, en repetidas ocasiones, ha mostrado orgulloso su talante judaizante y no ha desaprovechado ninguna ocasión de lamer las botas de sus circuncidados amos. Y es que, tradicionalmente, los masones y los judíos han compartido cochiquera (dicho sea metafóricamente), aunque los segundos siempre han marcado el paso a los primeros.
No sabemos si es una condición previa al establecimiento en España del megaputiclub judío Eurovegas. El caso es que Gallardón se ha erigido en una especie de Gran Inquisidor Antifascista promulgando leyes en las que se criminaliza hasta extremos grotescos el hecho de opinar de forma que pudiera ofender mínimamente a los judíos, comunistas y demás ralea, como diría don Pío Baroja.
Como viene siendo habitual, todos los cacareados derechos de libertad de opinión, de expresión, de asociación y demás farisaicas declaraciones megademocráticas y superconstitucionales, se las pasan por los tirabuzones cuando se trata de perseguir a los malvados fascistas.  
Es inevitable que, a medida que el Sistema capitalista va dejando constancia de su agotamiento histórico, las ideas derrotadas (aunque no vencidas) en 1945 por la judería internacional se hagan cada vez más molestas para el discurso oficial, despojado ya de cualquier esbozo de credibilidad ante la tozudez de una realidad miserable.
A pesar del cerco de silencio impuesto mediante el control de la prensa y demás medios, a pesar de la asfixia económica y de leyes electorales hechas expresamente para marginar nuestras propuestas, seguimos siendo su bestia negra. 
Y es que, con todas sus Policías del Pensamiento, sus bandas de la porra "antifas" y su hegemonía mediática, saben que, como dijo un gran hombre, al final lo bueno y lo verdadero acaba triunfando.
Es inevitable acordarse de la conocida frase de Gandhi («Primero te ignoran. Luego se ríen de ti. Después te atacan. Entonces ganas»). Parece una descripción de la manera en que el Sistema impuesto en 1978 ha tratado a los partidos que los papanatas de uno y otro signo llaman "de ultraderecha".
 Primero la consigna fue el silencio mediático. Cuando, por ejemplo, Blas Piñar convocaba a más de un millón de personas en la Plaza de Oriente, la prensa pesebrera obviaba la noticia o, como mucho, desinformaba al respecto difundiendo tópicos y mentiras.
 Luego intentaron ridiculizarnos. Los bufones oficiales como Wyoming. el "Follonero" y fauna similar se burlaron de nuestros símbolos y nos lapidaron con sus salivazos burdos y sin gracia.
Ahora están en la tercera fase. Vienen tiempos de persecución y sangre. Nuevos años de plomo. No importa. Quizá muchos de nosotros paguemos un tributo de dolor y cautiverio, pero si nuestros ideales sobrevivieron a las checas del Frente Popular en la Guerra Civil, a los bombardeos criminales en la Guerra Mundial, al terrorismo marxista en los años setenta, o a los sicarios del Ministerio del Interior en la Transición, es poco probable que puedan sucumbir por las marranadas de un mediocre servidor de Sión.
Bienvenidos los tiempos difíciles.