jueves, 16 de enero de 2014

Dos Españas y un espejo roto.

Como un mal prestidigitador al que se le hubieran chafado los trucos, el sistema político español, fruto de ese timo de trileros llamado Transición, se deshilacha y descompone  por momentos dejando al descubierto la sucia tramoya y el tejido de mentiras, clichés, mitos y pomposos embustes en que está basado. Los tópicos con los que nos han narcotizado cansinamente desde hace décadas (Estado de Derecho, el campechano rey de todos los españoles , la legitimidad sacrosanta e incuestionable de los partidos políticos, la tolerancia como "valor" y demás solemnes gilipolleces) muestran su verdadera naturaleza de trampantojos y coartadas para mantener los privilegios de una casta de ladrones.
Este desenmascaramiento y derrumbe del artificio deja en evidencia y pone de manifiesto la existencia de dos Españas. Y ya no en el sentido machadiano. En esta tiranía de lo mediocre que es la democracia, la dicotomía ya no se establece, como decía el hermano de D. Manuel, entre la España que muere y la que bosteza (este lamentable Monipodio de sanchopanzas democráticos y borreguiles ya es una España que muere bostezando), sino entre ese mátrix hortera que aparece en el escaparate de las diversas telebasuras, y la triste y sucia realidad de la calle. Así, la obscenidad se hace omnipresente: Mientras hay españoles que se ven obligados a buscar comida en los contenedores de desperdicios, la casta blinda sus privilegios y prebendas. A nadie engaña ya la imagen deformada del espejo democrático. El cloroformo hedonista empieza a perder eficacia y la indiferencia hacia el régimen empieza a convertirse, por fin, en abierta hostilidad. Y el Gobierno, incapaz, venal y estúpido, empieza a ser consciente de que sus malolientes paños calientes no son más que yesca ante el incendio que se avecina. 
La última carta que le queda por jugar al Sistema para perpetuarse es intentar sucederse a sí mismo con la creación de nuevos partidos que sustituyan al corrupto entramado pepero-pesoero por otras siglas que sean, a la postre, nuevos envoltorios para la misma mercancía podrida . Pero los upeidés, chutadans y demás intentos patéticos de cambiarles el collar a los archiconocidos perros de siempre engañan a cada vez menos incautos.
Y es que, a pesar del papanatismo politicamente correcto y demás mongoladas de obligado cumplimiento en cualquier democracia parlamentaria que se precie, en el fondo todo el mundo es consciente de que hace falta un cambio de Sistema. Lo que ocurre es que a una sociedad como la española, adoctrinada en el gregarismo y el conformismo pusilánime, todavía le da miedo reconocerlo. Los españoles del siglo XXI, recién despertados por el hambre de su confortable sueño consumista, son como ese enfermo que, a pesar de saber que su grave dolencia requiere una agresiva intervención quirúrgica, se engaña a sí mismo retrasando lo inevitable y pretendiendo curarse con aspirinas. 
Y es que cuesta reconocer que esos malvados fascistas, los malos malísimos de todas las subvencionadas películas del cine progre, esos peligrosos neonazis a los que hay que perseguir con leyes inquisitoriales, esos fachas retrógrados mil veces ridiculizados por los bufones en nómina de todas las televisiones democráticas, no  sólo tienen razón sino que son los que, al final, van a evitar que nuestra Patria se vaya a la mierda.